:::::::::: CHA´AC ::::::::::: PETICIÓN DE LLUVIA

¿ A dónde quieres el ride ? Le contesté a Gabriel, cuando me llamó para preguntarme si quería presenciar una ceremonia Maya real de petición de lluvia, a la que asistirían sólo los interesados; gente Maya.
Ambos sabíamos que para mi era un cebo infalible. Cuando se recuperó de sus carcajadas, me dijo; “Si, Juan, ya me agarraste en la movida, la verdad es que se me hizo tarde y no puedo faltar a la ceremonia”.
Como la mayoría de los mayas, Gabriel también es un Maya de abolengo. De figura delgada, correosa y esbelta, representa casi un monumento a su propia ascendencia. Me indicó que pasara por él en el punto típico de encuentro en Tulum; El supermercado de San Francisco.
Mi padre estaba de visita y mi esposa tampoco se lo podría perder, Los dos me acompañaron en mi legendaria Van a recogerlo en el super.
Después de casi dos horas de carretera, entramos a terracerías, en las que las casas tradicionales aparecían de vez en vez, hasta que en una de ellas, cruzamos su barda de piedras y nos detuvimos, estábamos literalmente en medio de la selva.
Un grupo de alegres mujeres charlaban alrededor de un caso en el que hervían algo. Una de las mujeres a la seña de Gabriel se acercó a la camioneta y le preguntó a mi esposa si quería una cerveza; asiéndola amablemente por el brazo, Martha mi esposa se negó diciendo que iba a continuar con nosotros. La mujer, conocedora de los privilegios feministas le insistió, diciéndole: “Es una ceremonia para hombres, hay ceremonias que las deben realizar mujeres, en las que no se permite la presencia de hombres”. No se si a mi mujer le brotaba o no espuma por la boca. Pero la determinación y firmeza de la señora Maya era tal, que no tuvo otra alternativa.
Conociendo el carácter de mi mujer, mi Padre observaba perplejo cómo la dejamos atrás con el grupo de mujeres. Gabriel sonriendo nos apuró señalándonos la dirección a seguir.
Sin problemas la camioneta, nos condujo por el sendero hasta donde había un grupo de Mayas alrededor de un atado de yerbas poco más alto que el hombre que estaba frente a él.
Cuando Gabriel nos presentó, descubrimos que éramos los únicos que hablábamos español. Así que vimos transcurrir todo en Maya.
Al llegar, me llamó la atención que bajo las altas ramas de un árbol que daba suficiente sombra estaba una carpa de plástico azul, cubriendo unas mesas con sillas. Sombra bajo sombra; no venía al caso.
La bóveda celeste era eso, una bóveda de intenso azul sin una sola mancha de nube bajo el candente sol.
Notamos que frente al macijo de ramas había un hombre que oraba en su idioma ajeno a nuestra comprensión, por lo que dedujimos que era un altar mas alto que el hombre y con una serie de ramas a manera de mesa a la mitad de este monolito vegetal.
Se sentía respeto por lo que este señor hacía, pero no esa solemnidad que vemos en las iglesias, ya que de vez en cuando el sacerdote les regañaba cuando los demás le arrojaban pequeñas piedras para molestarle.
En cierto momento, el sacerdote les señaló un camino, hasta el fondo del cual vimos una estela de vapor que se elevaba. Empezaron a cavar y extrajeron varios bultos que acomodaban en la carretilla hasta que vaciaron el agujero.
Cada bulto era una hoja de plátano que cubría un gran tamal de masa que a la orden del sacerdote iban colocando sobre la improvisada mesa, que los recibía con señas y haciendo alguna oración que éramos incapaces de comprender.
Por el estado del tiempo y el aspecto del cielo supuse que la petición de lluvia tendría efecto en un mes o mas.
En cierto momento que supuse que era el fin de la ceremonia, noté que todos los asistentes se empezaron a acercar y meterse bajo la carpa de plástico. Cuando el sacerdote hizo unas señas de que concluía el evento escuché un estruendo en el cielo y vi un rayo partir un cielo que instantáneamente se obscureció. Y a cántaros empezó a llover.
Yo llevaba mi cámara de video, pero no se me había ocurrido filmar nada porque el cielo no mostraba ninguna probabilidad de lluvia. Era literalmente imposible que lloviera.
Me sacó de mi anonadamiento una pregunta que, en voz alta, se hizo para si mi Padre, que me develó la dimensión de lo que estaba presenciando;
“¿Si puedes hacer llover, para qué quieres un carro ?”.
Era tal la intensidad de la lluvia con viento que empecé a sentir frío.
Al inicio del aguacero observé que solo mi Padre y yo estábamos asombrados, porque sus rostros estaban rozagantes de esa sonrisa fresca de quien ve llegar a lo lejos al amigo que nunca falla a la cita.
Seguía lloviendo cuando empezaron a servir una parte de las ofrendas de masa en la mesa. Todos eran tamales, unos de frijol, otros de pollo, otros de cerdo y otros animales y yerbas.
Después de unas dos horas de animada comida y que la lluvia amainó, noté que el grupo de hombres discutía señalando hacia donde estábamos mi Padre y yo.
Parecían discutir quien nos iba a decir algo, hasta que uno de ellos decidido se desprendió del grupo para preguntarme; ¿Usted trae carro verdad?, los que se habían quedado atrás se fueron acercando. Cuando asentí, entre ellos se miraron y uno dijo: “Es que yo puse varios pollos”, otro comentó, “Yo un puerco”, otro que estaba atrás mencionó que el había puesto el maíz, y así cada cual mencionaba su aportación. Como nosotros no habíamos puesto nada, yo les pregunté que qué habríamos nosotros de donar. Entre ellos se rieron y me dijeron “No Don… lo que queremos es que nos lleve en su carro para ver en nuestros terreno que este hombre si nos cumplió”. Me lo decían señalando al sacerdote que, desde lejos, sereno nos sonreía.
Como no son voluminosos, todos cupieron en la Van y fuimos por los senderos a ver que a todos y cada uno de los terrenos de los que habían dado su aportación, efectivamente habían recibido su lluvia.
Como todos estaban satisfechos nos pidieron regresar a donde las mujeres nos esperaban.
De regreso la carretera corrió en pleno silencio con nuestras miradas embotadas en el azul impecable del firmamento, porque todos vimos que en uno de los terrenos había llovido cuadrado.
Juan De la Torre 2018

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