Tu Periódico Quequi

Germán Gallegos Cruz

Desde la Mesa de las Nauyacas

LOS RESIDUOS DE MI “NAUFRAGIO”

 

Atento recado para Pepe Gómez, director general del grupo Quequi.

No hagas lo que yo hago, haz lo que yo te digo, advirtió mi padrino, que vino de la blanca Mérida, a visitarme con motivo del año nuevo. “Nunca se es tan viejo, para aprender de las experiencias ajenas, te lo he dicho muchas veces”, remachó. Hace más de veinte años que mi “hijueputa” barco se hundió, y quedé asido a una tablita con las pocas pertenencias que pude rescatar, y lo más cabrón, es que no “busco” donde está la orilla. La soberbia, la arrogancia, la autosuficiencia, le dieron en la madre a mi vida. Perdí a una maravillosa familia: Una esposa solidaria, comprensiva, y unos hijos excepcionales, por andarle jugando al “viborón” comentó con tristeza. “Ahijado, es tiempo de quitarse la máscara”, confesó en voz baja. Me ufano de ser buen padrino, de ser el gran terapeuta, pero los dolores de mis fracasos, se hacen presente de manera más recurrente, mientras avanzo en edad. Hasta hace poco, acepte que la soledad en que vivo, me carcome las entrañas. Hice también el inventario de mis haberes, y quede estupefacto, al enterarme que prácticamente no tengo nada. Que literalmente vivo como un perro sin dueño. Que ya empezó la gente a verme con una especie de compasión morbosa. “¿Qué pasa con este viejo que casi nadie lo visita? Pasa el día entero recluido en  el cuartucho que por caridad le presta la única hermana que le conocemos”, comentan los vecinos. No soy ajeno a lo que murmura la gente, respecto a mi persona. Y es precisamente ese estado de conciencia lo que me parte la madre. “Todos los años sin familia, me hice el fuerte, o quizá el cínico, para no mostrar mis flaquezas, ante nadie, y menos ante ti, que eres mi ahijado”, abundó, asintiendo con la cabeza de ralos cabellos plateados. Hoy te vine a contar mi historia, para ver si le sacas algún provecho, y no cometas las pendejadas que yo cometí. Es increíble como los seres humanos buscamos afanosamente autodestruirnos, y destruir a los seres que decimos querer. A la distancia en el tiempo y en el espacio, ocasionalmente he visto a la mujer que fue mía, a los hijos que ahora son de otro, porque el padre sustituto les respondió como tal; como un verdadero padre, a decir de ellos. Y no veo en esos rostros ni angustia, ni frustración. Pienso con sinceridad, que el problema para esos seres amados en mi silencio, y en mi soledad era yo. Hablamos algunas ocasiones de la reparación de daños, pero  muchas veces es mejor dejar las cosas como están. Ellos en su mundo, y yo en el mío. Debo aceptar que nunca estuve preparado para conducir a buen puerto a una familia. Que fui egoísta, mezquino, que solo pensé en mí, y no en los míos. Me enojaba mucho cuando un ridículo aprendiz de romántico, enfatizaba con voz en cuello, que cada quien era “arquitecto” de su propio destino, según el poeta Amado Nervo. Me retorcía las tripas, escuchar esas subjetivas aseveraciones. Mentalmente le “serruchaba” la madre en mi silenciosa cobardía. Pues ya no tengo a quien echarle la culpa, de mi naufragio. Ahora ya estoy convencido, que yo diseñe el modelito que me tiene sorbiendo el vinagre de la frustración, nadie más. Estoy cierto que no escuche sugerencias ni consejos de nadie, porque creí tener una inteligencia superior al promedio nacional por lo menos. Y ahora es tiempo de reconocer que soy responsable absoluto de mis desatinos. Estoy a una corta distancia del desenlace final, y no tengo nada digno que aportar a mis ahijados, salvo mi experiencia de batallas perdidas. “Quizá yo sea el ejemplo a no seguir, porque quien siga mi derrotero le garantizo el fracaso irremediable”, concluyó mi padrino, con una voz descocida, nunca antes escuchada por mí.

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