Tu Periódico Quequi

El agua del egoísmo se transforma en amor

Mensaje dominical
17 de enero de 2016
Queridos hermanos y hermanas:

1. En este domingo vemos un signo en Caná de Galilea. Jesús convierte en vino bueno, en el vino mejor, aquellas tinajas de agua que estaban ahí, cuando se les acabo el vino a los novios en la fiesta de la boda. Éste fue el primer signo por el que Jesús manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos.
2. Lo que paso en Caná de Galilea pasa tarde o temprano en cada matrimonio, el vino se acaba. ¿Qué quiere decir esto?, el día de la fiesta todo es regalos y felicitaciones, los recién casados están felices, contentos, enamorados, la pareja está rodeada de amigos, que los felicitan y los cubren de presentes. Llenos de ilusión, parten felices a la luna de miel, el vino fluye abundantemente. En la luna de miel todo es felicidad, todo es romántico, todo es hermoso. Pero al volver de la luna de miel, tal vez al principio, encuentran todavía mucha alegría de estar juntos, el vino sigue fluyendo, pero después de algún tiempo, pasa lo que tiene que pasar entre dos seres humanos que viven juntos: surgen los problemas, las tensiones y descubren que no se casaron con un ángel, sino con un ser humano herido por el pecado y el egoísmo, se sorprenden de la pobreza y limitación que descubren en el otro; se acabó la luna de miel, se acabó el vino, y lo único que queda es el agua. Se acabo el vino del entusiasmo, del idealismo y de la alegría y lo único que queda es el agua de la rutina, del aburrimiento y tal vez de la desilusión.
3. ¿Qué hacer entonces?, ¿Voltear para otro lado?, ¿Terminar todo?, ¿Cada uno para su casa?, María nos recomienda hacer lo que Cristo nos diga. Y él nos dice con su vida y con sus palabras: que el amor es dar uno la vida por el amado. Atrás del amor superficial o sentimental está el amor profundo y verdadero. Pero éste hay que construirlo, ladrillo a ladrillo, detalle a detalle, día a día. El amor verdadero y profundo es aquél que busca dar más que recibir, amar más que ser amado y servir, más que ser servido, pues busca el bien del amado más que el propio bien y en definitiva es hacer feliz al otro a costa de uno mismo. Nuestra naturaleza está herida por el egoismo, pero Cristo con su gracia nos enseña a no vivir ya para nosotros mismos, sino para el amado con quien nos hemos comprometido en matrimonio. Ése es el vino mejor, el que viene después de la primera etapa. Descubrirlo y gozarlo es el milagro que nos hace Jesús, cuando lo invitamos a nuestro matrimonio. Cristo toca nuestros corazones y nos enseña a amar desinteresadamente. Así, el agua del egoísmo se transformará en el vino del verdadero amor.

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