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EL BESTIARIO SANTIAGO J. SANTAMARÍA

 

 

La Habana expulsó a Tom Wolfe, investigaba sobre la vida sexual de Fidel

 

El escritor norteamericano, fallecido esta semana, en uno de sus últimos libros, “Bloody Miami”, a modo de catarsis y venganza, acusa a los cubanos de asediar al “wasp”, el ciudadano blanco, anglosajón y protestante en La Florida…

 

 

Tom Wolfe era una referencia obligada en nuestras clases de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lejona, en el País Vasco. Entre los periodistas y escritores norteamericanos de aquellos tiempos, destacaban dos, Truman Capote, el autor de “Desayuno en Tiffany’s” y su novela documento “A sangre fría” y Tom Wolfe, el de “La hoguera de las vanidades”… Los dos fueron los promotores de lo que se conocía como el “Nuevo Periodismo”. Tom Wolfe sentó las bases del género, identificó a sus protagonistas y emancipó de una vez las noticias. Si en los sesenta se adentró en la cultura juvenil con ojos de un antropólogo que disecciona las modas contraculturales y lo popular, en los setenta usó su sardónica mirada para analizar el delirante y pretencioso mundo del arte y la arquitectura, o simplemente reflejar el absurdo delirio de autorreferencia que guiaba las terapias psicológicas experimentales, de pronto convertidas en un fenómeno de masas. Wolfe, brillante observador, sacaba un jugo inesperado a su doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Yale, alzaba el espejo ante la farsa y se convertía en el “periodista del pop”, de los seguidores de Andy Warhol, artista plástico y cineasta estadounidense que desempeñó un papel crucial en el nacimiento y desarrollo del pop art. Esto no le gustó a Tom Wolfe… “Me molestaba que me calificaran de periodista pop, sociólogo pop, experto en arte pop, y esto básicamente significa que lo que dices no tiene importancia”… Tom Wolfe quería ser mucho más trascendental que Andy Warhol.

Hay quien ve en este libro una “autocompensación” psicológica de Tom Wolfe y lograr que la catarsis le haga olvidar, quizás, el gran fracaso de este “periodista pop”, quien fue incapaz de escribir un libro sobre la vida sexual y personal del comandante de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz. Esta tarea imposible se la encomendó “The Washington Post”. Tom Wolf picó el anzuelo. Pecó de ingenuidad al presentarse en el Hotel Nacional y pretender desde allí, como si se tratara del “Studio 54” de Andy Warhol, investigar sobre la vida privada de Fidel. No era consciente que más de la mitad de los servicios de inteligencia y contrainteligencia cubanos, desayunan en el hotel que siempre está despierto.

Los edificios oficiales de los “James Bond habaneros” están apenas a unos metros de distancia, en el caso de la contrainteligencia -adosado a él hay un edificio llamado Altamira, como las cuevas de Santander, en el Norte de España-. Altamira es la máxima representación del espíritu creador del hombre. El edificio de la inteligencia está a unos trescientos metros, en la calle Línea, muy cerca de una pastelería, que se llamaba a finales del siglo XX, “El pan de París”, al lado de teatro Trianón. Recuerdo que cuando paseaba con un par de perras “chow chow”, Lola y Luna, instintivamente atravesaba la calle y me iba a la acera frente a la sede -entonces verde, hoy, azul- de la “inteligencia”. Intentaba que ninguno de aquellos eternamente serios centinelas, le colocara a mis “chow chow” unos transmisores, en sus traseros provocativos e insinuantes, merced de sus siempre erguidas colas. Eran también tiempos de ingenuidad, de un “gallego” todavía muy influenciado por “Nuestro hombre en La Habana” de Graham Green, y “La aldea global” de Noam Chomsky. Años después, descubriría que buena parte de mis amistades habían tenido, tenían y tendrán, algo que ver con este lugar de color celestial, y una de las claves de la victoria de Fidel Castro sobre Estados Unidos, hará 60 años el próximo primero de enero del 2019.

Tom Wolfe no gustaba hablar de su viaje a Cuba como reportero de “The Washington Post”. Estaba muy celoso de Castro, que era solo tres años mayor que él y a quien todo el mundo ya conocía. Reconoce a sus amigos cubanos que fue un viaje maravilloso. En Estados Unidos tardaron casi un año en comprender que el líder revolucionario no era José Martí sino un “gallego” llamado Fidel Castro, y en la redacción buscaron a un chaval que hablara español. Tom Wolfe lo había estudiado en la universidad y, aunque podía leerlo, no lo hablaba. Un colega inglés llegó a la isla con un telegrama en el que le pedían que investigara una historia sobre la vida sexual de Castro, puesto que el público estaba aburrido de tanta política. Este telegrama fue detectado en el “lobby” del Hotel Nacional. Acabó por ser expulsado y Wolfe terminó con tres policías en la habitación de su hotel. “Mientras uno me hacía preguntas, los otros dos estaban fascinados con un bidé y las puertas correderas de la habitación”, cuenta el padre del “Nuevo Periodismo”.

El reportaje fallido de Tom Wolfe sobre la vida sexual de Fidel Castro iba a convertirse en un libro. Quizás ha sido su gran fracaso. La misión no era fácil y sobre todo para un “escritor pop”, recién aterrizado en del Hotel Nacional. Algunos cubanos preguntaban si aquel norteamericano iba a hacerse santo, al verle vestido todo de blanco, o era algún vendedor piramidal de jabones y otros utensilios de limpieza personal. Hay quien veía en Tom Wolfe a un líder de alguna secta religiosa obsesionado con que Cuba no se hiciera atea… Si algo logró Tom Wolfe es no pasar desapercibido en la convulsa La Habana de aquellos primeros años de los sesenta, de la invasión de Bahía Cochinos, Crisis de Octubre de los Misiles, acusaciones de tramas cubanas en el asesinato de JKF… Tenían razón “The Washington Post” y sus directores al pensar en el aburrimiento de sus lectores con tanta “política” e “historias” de los barbudos de la Sierra Maestra… Hubo tal saturación de monotemáticas informaciones que optaron por medir aquella estrella del periodismo norteamericano, Tom Wolfe, fichada por ellos, que investigara sobre la vida sexual y personal de Fidel.

Se encontraron con un muro de silencio, tanto oficial como extraoficial. El líder Fidel Castro lo quiso así y los cubanos le respetaron, en su silencio y discreción. Si uno no vive en La Habana es difícil de entender esta complicidad. En esta “dictadura castrista” uno de las “lagunas de libertad” de la que han gozado los ciudadanos ha sido el de sus relaciones sexuales y personales. El respeto ha sido uno de sus signos de identidad, marginando miserias humanas, que nunca faltan.

 

@BestiarioCancun

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