SANTIAGO J. SANTAMARÍA. El Bestiario

EL BESTIARIO SANTIAGO J. SANTAMARÍA

 

Asma El Assad, ‘una rosa en el desierto’

La revista francesa Paris Match definía a la primera dama de Siria como “elemento de luz en un país lleno de sombras”.

Eran tiempos en los que este país se consideraba el más seguro en el Medio Oriente, antes de la llegada de la “Primavera Árabe” y sus manifestaciones calladas con armamento de guerra por su esposo Bashar, a quien le pide la cabeza Estados Unidos, tras los nuevos bombardeos químicos sobre población civil. Asma sigue al lado de su marido y lo defiende, tiene las ideas claras al respecto: He estado aquí desde el inicio y nunca he pensado en irme a otra parte en absoluto. He rechazado ofertas para salir de la nación azotada por una guerra civil de cinco años. Me ofrecieron la oportunidad de salir de Siria o, más bien, de huir de Siria. Estas ofertas incluían garantías de seguridad y protección para mis hijos e incluso seguridad financiera. Estaban tratando de socavar la presidencia de mi esposo.

Algunas de las grandes revistas occidentales publicaban reportajes alabando las virtudes de esta mujer nacida y criada en el Reino Unido, así como la aparente armonía de su relación matrimonial, que indirectamente proyectaba la imagen de un dictador bondadoso, aperturista y amante de la familia. Un final trágico del entorno de “Una rosa sangrienta en el desierto” no es descartable a pesar de sus “amigos” de Moscú y Teherán. Rusos e iraníes planean la división del país en áreas de influencia que les permitirá satisfacer ambiciones económicas y militares, pero la clave es que siga El Asad. La captura de Alepo ha marcado un punto de inflexión en la guerra y ha obligado a los grupos rebeldes a replegarse a sus feudos de Idlib en el Norte y Deraa en el Sur, donde ahora esperan la arremetida final del régimen y sus aliados. No se han andado con chiquitas, bombardeando con gas sarín, días atrás.

Es del todo improbable que, a estas alturas, Vladimir Putin y Hasan Rouhani vayan a ofrecer la cabeza de El Asad en bandeja de plata por muchas que sean las contraprestaciones que reciban a cambio, sobre todo si tenemos en cuenta que ambos países ya dan por ganada la guerra y están inmersos en una carrera para repartirse el botín. El pasado mes de enero, Rusia firmó un convenio con el gobierno sirio por el cual se garantizaba el control de la base naval en Tartus, la única de la que dispone su flota en el mar Mediterráneo, durante los próximos 49 años. También ha aprovechado la situación para construir la base aérea de Hamaimim en Latakia. Además, ha conseguido que los militares rusos desplegados en el país dispongan de privilegios similares a los que tuvieron los efectivos americanos en Irak, como una plena inmunidad ante la jurisdicción civil local. Debe recordarse que en diciembre de 2013 la compañía rusa Soyuzneftegaz firmó un jugoso contrato de 25 años de duración para explotar las reservas petroleras y gasísticas detectadas en la costa siria, que según diferentes sondeos podría albergar una de las mayores bolsas de gas del mundo.

Irán, por su parte, confía en obtener también una parte del pastel acorde al apoyo prestado, que no sólo se limita al envío de un ejército de 65 mil combatientes chiíes iraníes, libaneses, iraquíes, paquistaníes y afganos (y, por lo tanto, mayor del movilizado por el propio Estado Islámico, Isis), sino también seis mil 600 millones de dólares en créditos, la mitad de ellos destinados a costear la compra de crudo. Entre los contratos firmados hasta el momento está una nueva línea de telefonía móvil otorgada a una compañía iraní ligada a la Guardia Revolucionaria, que destinará una parte de sus beneficios a un fondo de ayuda a los miles de combatientes chiíes que han perdido la vida en la guerra. Asimismo, Irán pretende explotar las ricas minas de fosfatos situadas en las proximidades de Palmira durante un periodo de 99 años y establecer un puerto en el Mediterráneo, probablemente en Banias, desde el cual exportar el petróleo iraní a través de un oleoducto de mil 500 kilómetros que atravesaría Irak y Siria, cuyos regímenes se encuentran bajo tutela iraní. La eventual construcción de dicho oleoducto representaría un golpe sin precedentes para Arabia Saudí, su principal rival regional, ya que afianzaría el arco chií que va desde Teherán a Beirut y permitiría a Irán exportar su petróleo a la Unión Europea en condiciones sumamente ventajosas. En el aire quedan los sustanciosos contratos para la reconstrucción del país, que también aspiran obtener importantes compañías de infraestructuras del país de los ayatolás. Todo pasa por el mantenimiento de Bashar El Asad en el poder. Las negociaciones entre Washington y el Kremlin de estos días están más orientadas a integrar a la oposición en la nueva Siria que a provocar un eventual cambio político, algo que pondría en peligro los intereses que ahora están en juego.

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