EL BESTIARIO SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Li Wenliang, el doctor héroe que alertó de la epidemia

Un hashtag en mandarín sobre la carta que firmó ante la Policía que le ordenaba no divulgar más rumores, “trending topic” por la libertad de expresión en China…

Las redes sociales chinas se habían llenado a primeras horas de ayer viernes de tributos al doctor Li Wenliang, el oftalmólogo que fue represaliado por alertar sobre la epidemia de coronavirus y cuya muerte se ha confirmado esta madrugada. El médico de 34 años se ha convertido en la cara pública de los problemas en torno a la gestión de la crisis. A mediodía, la censura se había encargado de bloquear el acceso a muchos de esos homenajes. El fallecimiento del doctor se dio a conocer primero en cuentas oficiales de Weibo (el Twitter chino) de varios medios chinos, lo que generó un aluvión de reacciones de dolor y rabia en internet. En torno a la medianoche, el Hospital Central de Wuhan, donde se encontraba ingresado, anunció que Li estaba conectado a un respirador artificial que le mantenía con vida, solo para confirmar en torno a las cuatro de la madrugada que había muerto. La mañana de ayer, el hashtag en mandarín “¿puedes hacer esto, lo entiendes?” se convertía en uno de los lemas más repetidos. Era una alusión a la carta que el médico tuvo que firmar al ser reprendido, en la cual, la Policía le ordenaba en esos términos no divulgar más “rumores” y que se ha convertido en una reivindicación de la libertad de expresión. Pocas horas más tarde, la búsqueda devolvía una única respuesta: De acuerdo con las leyes y regulaciones relevantes, no se muestran los resultados de esta página.

La epidemia de coronavirus parece aún lejos de quedar bajo control. Según las cifras oficiales divulgadas ayer viernes, el número de fallecidos por el patógeno ha aumentado en las últimas  horas en 73 personas y se encuentra ya en 637. Los infectados son 31 mil 211, tres mil 151 más que el jueves. De ellos, cuatro mil 821 se encuentran graves. Crece también la cifra de recuperados: mil 542 pacientes han recibido el alta, 389 desde el jueves. El coronavirus 2019-nCoV puede provocar neumonía con síntomas como fiebre alta, tos seca, dolor de cabeza y dificultad para respirar. Su periodo de incubación medio es de tres a siete días, con un máximo de 14. Los científicos chinos han confirmado que, a diferencia del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave, por sus siglas en inglés), es posible el contagio durante la incubación. La OMS (Organización Mundial de la Salud) ha declarado una emergencia internacional por el brote. Hubei, el foco de la epidemia, ha recibido más de 10 mil médicos procedentes de toda China para atender a los infectados: aproximadamente dos tercios del total se encuentran en esta provincia del centro del país. Según ha informado su vicegobernador, Yang Yunyan en una rueda de prensa, aún necesitan al menos dos mil 250 profesionales sanitarios más. Nueve ciudades de la provincia han solicitado refuerzos de personal médico. La comisión de Salud de Wuhan, la capital de Hubei y donde ocurrieron los primeros casos de la infección, ha indicado que cuenta con un inventario de 109 mil equipos de pruebas para el coronavirus y pueden examinar entre cuatro mil y cinco mil pacientes al día, pero la ciudad carece de lugares donde efectuar esas pruebas, personal para hacerlas y material protector, apunta la revista Caixin.

Li Wenliang nunca tuvo la intención de ser un héroe. Ni de rebelarse contra el sistema. En su bata de oftalmólogo llevaba puesta una insignia del Partido Comunista de China, una exhibición pública de lealtad al poder establecido. Su mensaje de alerta sobre los primeros casos de la epidemia de coronavirus ni siquiera estaba pensado para llegar al público, era simplemente una alerta confidencial a sus amigos. Pero se hizo viral y aunque le costó una represalia oficial, sirvió para sembrar las dudas sobre la realidad de la crisis y mover, finalmente, a la acción de las autoridades. Convertido en la cara pública de los problemas en la gestión de la epidemia, su muerte tras contagiarse él mismo de la enfermedad se ha convertido en un duelo nacional en las redes sociales sin precedentes. Quizá era él uno de los más sorprendidos en la figura en que se había convertido, un emblema de los intentos de la gente de a pie por contar la verdad y protegerse de los errores del sistema. Pero, una vez que su nombre se hizo público y se conoció su situación, nunca se declaró arrepentido de haber enviado aquel mensaje y de que hubiera tenido tal repercusión. “Creo que una sociedad sana debería tener más de una voz y no me parece bien el uso del poder público para una injerencia excesiva”, declaraba a la revista Caixin, en una entrevista desde el hospital un día antes de recibir el diagnóstico que confirmaba su enfermedad.

De 34 años, casado, con un hijo de cinco años y otro en camino, amante del beicon y las salchichas, según se deduce de sus mensajes en las redes sociales, sus compañeros le han descrito estos días como un hombre concienzudo. Sus textos en Weibo, el Twitter chino, revelan una importante conciencia social. Su primer mensaje en esa red, en 2011, defendía ante su círculo de amigos a un productor de la cadena de televisión estatal CCTV, Wang Qinglei, que había sido castigado tras poner en duda la versión oficial sobre un choque de trenes de alta velocidad. Nueve años más tarde, era el turno de Wang de elogiar al médico, aunque póstumamente, en redes sociales: “Nunca pensé que nos encontraríamos así. Con todo, mi único lamento es que le ha costado la vida”, escribía el antiguo productor.

Li trabajaba como oftalmólogo en un hospital de Wuhan cuando a finales de diciembre ocurrió el ingreso de unos pacientes que marcaría sus últimas semanas de vida. En un mensaje en un grupo de 150 antiguos alumnos de su Facultad de Medicina, alertó de que aquellos siete enfermos mostraban síntomas muy similares a los del SARS, el síndrome respiratorio causado por un coronavirus que en 2003 mató a casi 800 personas en todo el mundo. Y los siete tenían algo en común: contacto con un mercado de marisco en el que se vendían todo tipo de animales salvajes y que, con el tiempo, se consideraría el lugar donde se produjo la transmisión a los seres humanos. Su mensaje, precisaba Li, no era para compartir por ahí. Simplemente, para que lo supieran ellos, tuvieran cuidado, y tomaran precauciones entre sus familiares. Pero alguien, o algunos, en ese grupo, comenzaron a difundir capturas de pantalla en sus propios círculos. Las imágenes, en las que se podía apreciar con claridad el nombre de usuario de Li, se hicieron virales. El 1 de enero, apenas un día después, el Diario del Pueblo publicaba que ocho personas habían sido castigadas por “difundir rumores” que afirmaban que el SARS había vuelto. “Si fuera SARS, China cuenta con un sistema desarrollado de prevención y tratamiento”, apuntaba entonces el periódico oficial, portavoz del Partido Comunista de China. La gente, insistía el medio, no debía preocuparse.

Dos días más tarde –por la discrepancia de fechas, Li nunca terminó de tener claro si él era uno de los ocho a los que el periódico aludía, y cuyos nombres no se han hecho públicos– el oftalmólogo recibió una visita de la policía, que le llevó a la comisaría local. Allí, tras un rato de reprimenda, tuvo que firmar una carta, redactada en un tono chocante por lo coloquial, en la que se comprometía a no volver a divulgar información confidencial ni esparcir rumores. “¡Si insiste en mantener sus propias opiniones, sin arrepentimiento, y continúa cometiendo actos ilegales, recaerá sobre usted el peso de la ley! ¿Lo ha entendido?”, se lee en la declaración cuya foto ha corrido como la pólvora en las redes sociales chinas. “Respuesta: Entendido”, se añade, junto con la firma de Li. Tras la rúbrica, pudo marcharse y continuar con su trabajo. Pocos días más tarde, el 8 de enero, atendía a una paciente con glaucoma, sin saber que era portadora del nuevo coronavirus. El día 10 empezaba a mostrar los primeros síntomas de la enfermedad: fiebre, dolor de garganta, tos seca, dificultad para respirar. Dos días más tarde quedaba ingresado, a la espera de que se le hicieran las pruebas para confirmar la infección.

En aislamiento, con su móvil como una de las pocas compañías permitidas, el 28 pudo leer su vindicación. El Tribunal Supremo de China criticaba duramente el comportamiento de la policía de Wuhan y defendía que los ocho médicos no debían haber sido castigados, puesto que lo que decían no estaba alejado de la verdad. “Hubiera sido bueno que el público hubiera creído los rumores entonces, y comenzado a llevar máscaras y adoptar medidas higiénicas, así como a alejarse del mercado”. Localizado por varios medios chinos, a los que concedió varias entrevistas, se convirtió rápidamente en una celebridad casi de un día para otro. Para los cientos de millones de ciudadanos chinos, atrapados en sus viviendas desde el Año Nuevo lunar en un estado de cuarentena o semicuarentena más o menos estricta, Li era la imagen del desastre que había sido la gestión de la crisis: silencio al principio, intentos de encubrimiento, amenazas contra quienes quisieron hablar, y pura y llana incompetencia de las autoridades. Una incompetencia que ahora pagaban ellos, encerrados, aburridos, con miedo a enfermar y morir. Muchos atrapados lejos de sus casas, muchos con la preocupación de no poder regresar a su puesto de trabajo y no poder cobrar, muchos con el miedo a qué consecuencias tendrá esto para sus estudios, sus comercios o sus empresas.

“Lo importante es que la gente sepa la verdad”, declaraba a Caixin. “La justicia me importa menos”, agregaba, al indicar que no reclamaría daños o perjuicios a la policía. Quería recuperarse y volver a su puesto de trabajo. Finalmente, el 1 de febrero recibió el diagnóstico. Sufría la neumonía atípica que puede causar el virus, algo que se encargó él mismo de difundir en su cuenta de Weibo: “Hoy ha llegado la prueba del ácido nucleico con un resultado positivo. La suerte esté echada, finalmente diagnosticado”. “No me he sentido muy bien en los últimos días”, admitió después en conversaciones con periodistas de Caixin a través de WeChat. “Me cuesta más respirar”. La noche del jueves sufrió un paro cardíaco. Mientras el anuncio de su muerte en varios medios chinos desataba una oleada de millones de mensajes de dolor e indignación en las redes sociales chinas, el hospital negaba que hubiera expirado: le habían conectado a un respirador artificial en un último intento de devolverle a la vida. Finalmente, a las tres de la mañana en China, llegaba el anuncio definitivo: el doctor Li, esta vez sí, había fallecido. Sus padres, que habían enfermado también pero recibieron el alta recientemente, no pudieron despedirse de él. Como infeccioso, su cuerpo fue incinerado de inmediato, según ha indicado su madre en declaraciones a medios chinos: “Era un hombre con mucho potencial. Con mucho talento. Y no era como otra gente que mintió. Fue leal a sus obligaciones”.

La crisis del coronavirus está siendo letal para el sector del Turismo. El Gobierno chino, en una decisión sin precedentes, cierra las principales atracciones turísticas y los operadores mexicanos, españoles y de Estados Unidos, Unión Europea, Japón… no tienen más remedio que cancelar los viajes organizados. ¿Se recuperará China como destino este 2020? Las autoridades chinas han obligado a los receptivos del país (agencias locales especializadas en recibir turistas y gestionar su estancia en ese destino) a dejar de prestar servicios y han cerrado las principales atracciones turísticas: la Ciudad Prohibida de Pekín, la plaza de Tiananmen, el casco histórico de Lijiang, el Disneyland de Shanghái…. Y una buena cantidad de aerolíneas, entre ellas Iberia y British Airways, han cancelado sus vuelos al país asiático. Con este panorama, el resto del sector turístico cae como fichas de dominó. El resultado: la cancelación de viajes organizados desde España a cualquier parte de China. Fernando Sánchez-Heredero es el propietario de la agencia Viajes Azul Marino de Valencia y confiesa que tenía dos viajes a China para marzo que ha tenido que posponer a septiembre. “La mitad de los clientes ya me había llamado expresando su miedo y sus dudas, así que yo como agente de viajes tomé la decisión de aplazarlo, y todos han aplaudido la decisión, la compañía aérea además ha dado facilidades y no me ha cobrado penalizaciones. No los he suspendido, los he aplazado, que es lo que están haciendo muchas empresas”. “Los turistas españoles piensan ahora lo que van a hacer en verano, y ahora ante este panorama no van a reservar China, aunque luego la situación se arregle”, opina José Luis Angulo, director de la oficina de Madrid del mismo operador, Viajes Azul Marino”. “Lo dejarán para otro año y el destino sufrirá durante mucho tiempo”.

Más optimista es Pilar Nieto, directora comercial de Catai Tours, una de las principales mayoristas españolas para el mercado asiático: “Para nosotros, dentro de lo malo, parece de momento poco dañino porque estamos en temporada baja”, asegura. “Las operaciones las hemos suspendido hasta el 31 de marzo, porque aunque quisiéramos no hay manera de operar: nuestro receptivo allí tiene órdenes gubernamentales de no dar servicio. Las reservas para junio y julio aún no se han resentido. Y los clientes más fieles cambia China por otro destino y ya está”. Pilar Nieto, como otros muchos agentes del sector, cree que la alarma se ha exagerado, magnificada por los medios de comunicación. “China está controlando bien la situación y espero que se solucione pronto”. Me imagino que Pilar Nieto, ni ella ni sus familiares y amigos, serían tan valiente de agarrar un avión e irse a China. Hablar de exageración, “magnificada por los medios de comunicación” me parece una boutade, una idiotez, para quien Li Wenliang, un héroe nacional entre la ciudadanía china, era un médico a quien se le debía castigar por su atrevimiento a denunciar la existencia de una epidemia. Pilar Nieto debe ir a trabajar con la Policía china y cuidarse de la Justicia china. La verdad es que hay que tomar nota para no viajar nunca con Catai Tours. Yo instaría a la OMS a declarar a esta agencia y su directora comercial un peligro público contra la Salud de la tierra.

El turismo español que va a China está en encefalograma plano. Pero, ¿qué pasa con la otra cara de la moneda? En 2019 visitaron España 869.000 turistas chinos frente a los 399.000 de 2015. Unas cifras que demuestran el interés del turista chino por el país ibérico, organizador días atrás de la feria Fitur 2020, donde nuestro Estado de Quintana Roo, representado por su gobernador, Carlos Joaquín, y alcaldes, así como los directivos de la Secretaría de Turismo, Marisol Vanegas y Darío Flota, hoteleros de Cancúny la Riviera Maya, así como de otros lugares paradisíacos del Caribe Mexicano, contactaron con empresarios chinos… Además el gasto del turista chino está muy por encima de cualquier otro y eso lo saben muy bien en España: 2.563 euros de media frente a los 1.052 euros que gasta un alemán o los 651 euros del francés. ¡Una bicoca apetecible para cualquier destino! China es ya la primera potencia emisora de turistas en todo el mundo… Pero el 27 de enero el Gobierno chino prohibió la salida del país de grupos turísticos organizados a cualquier parte del mundo, incluyendo los paquetes de vuelo+hotel. Solo se permite la salida de turistas independientes que hayan comprado el vuelo y las experiencias por su cuenta, pero esos son minoría entre los chinos. Y el impacto de esa prohibición puede ser demoledor si se perpetúa en el tiempo. Rafael Cascales, presidente de la Asociación de Turismo España-China (ATEC), confiesa que son optimistas: “El Gobierno chino está haciendo todo lo que está en su mano, tomando medidas inéditas e históricas para frenar el avance del virus y sobre todo el contagio. Aunque se está demostrando que no es un virus tan mortal como el SARS de 2003, sí es más rápido en su contagio que este, por lo que ha sido necesario un despliegue sin precedentes. Creemos que en dos meses aproximadamente la situación se considerará controlada y la población china estará lista para viajar de nuevo”.

Cada familia debe dar el nombre de una persona. Será la única autorizada a salir a la calle, solo cada dos días y solo para comprar alimentos o medicinas. Un guardia apostado en las cercanías se encargará de tomarle la temperatura para ver que no tenga fiebre. También comprobará el nombre, el carné de identidad y el motivo para estar fuera de casa. Es una de las medidas que Huanggang, una ciudad dormitorio de 7,5 millones de habitantes vecina a Wuhan y la segunda más afectada de toda China por la epidemia de coronavirus, ha adoptado desde el sábado pasado para tratar de contener la propagación del brote. La única excepción: los que caigan enfermos, que podrán ir a que les vea un médico. “Sí, se han puesto muy estrictos. En casa, mi madre es la autorizada para salir. Pero, por suerte, en mi calle tenemos el supermercado debajo de casa, antes de llegar a donde está el vigilante, así que bajamos ella o yo indistintamente”. Para Loski, un estudiante de 20 años de la Universidad de Tecnología de Hubei, esas salidas se han convertido últimamente en la única aventura que rompe la rutina. Todo está cerrado a cal y canto. Farmacias y supermercados, como en casi todo el resto del país, son la única excepción. Ni sus suministradores pueden entrar en la ciudad: la carga se deja en los puestos de control en los accesos, y se distribuye en vehículos autorizados. Como otros 700.000 residentes de Wuhan, capital de la provincia de Hubei y origen de la epidemia, Loski se había desplazado unos días antes del Año Nuevo lunar a Huangang, su hogar materno, para pasar las fiestas en familia. El día 23, el súbito cierre de Wuhan primero, y Huanggang y otra quincena de ciudades de Hubei después, le dejó atrapado como a otros 46 millones de personas en una cuarentena que no sabe cuándo va a terminar.

La mortalidad causada por el nuevo coronavirus de Wuhan ha bajado este jueves, 6 de febrero, por debajo del 2%, según el balance diario de datos ofrecido por Organización Mundial de la Salud (OMS). Es la primera vez que esto ocurre desde que, el pasado 23 de enero, la cifra de afectados y fallecidos inició una importante escalada que aún no se ha detenido. El pico se alcanzó el 25 de enero, con el 3,11% (1.320 afectados y 41 fallecidos), tras lo que esta tasa inició un suave pero sostenido descenso que la ha llevado a situarse en el 1,99%. La OMS cifró en la noche del jueves los afectados en 28.276 enfermos y 564 fallecidos, cifras que las autoridades chinas actualizaron este viernes a 31.211 y 637, respectivamente. Los expertos atribuyen este descenso a dos factores principales. “El primero es que en el inicio de una nueva epidemia son los casos graves los primeros que atraen la atención, mientras los leves pasan desapercibidos. Esto hace que la mortalidad registrada en esos primeros días sea más elevada”, explica Santiago Moreno, jefe del servicio de enfermedades infecciosas del Hospital Ramón y Cajal (Madrid). El segundo, previsiblemente con un impacto menor, se debe a que “a medida que se tiene más información del virus y la enfermedad, aunque no haya un tratamiento específico, sí pueden mejorarse la asistencia a los enfermos y las medidas de soporte vital aplicadas, lo que mejora la supervivencia”, añade Moreno. Para Pere Godoy, presidente de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE), “lo previsible es que este descenso relativo se mantenga, aunque aún estamos lejos de alcanzar el pico de afectados y las cifras seguirán creciendo en términos absolutos de forma importante”. “Podemos esperar que los casos sigan doblándose cada semana durante un tiempo”, augura.

Luis Enjuanes, director del laboratorio de coronavirus del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC), aporta una tercera causa que también podría estar influyendo, aunque es un “proceso que actúa más a medio plazo”. “Los nuevos virus tienden a reducir su mortalidad con el paso del tiempo. Los más virulentos matan a su hospedador más rápido y, por tanto, tienen menos posibilidades de transmitirse. Con los menos virulentos, que permiten a una persona infectada seguir de una forma u otra haciendo su vida y expandiéndolos, ocurre justo lo contrario. Con el tiempo, los menos virulentos tienden a imponerse”, explica. Según Enjuanes, “aunque este proceso suele notarse más a medio plazo, lo que también ocurre cuando un virus salta de especie, como se vio en el SARS y el MERS, síndromes respiratorios, es que muta muy rápidamente para acabar de adaptarse a su nuevo hospedador y esto también puede afectar simultáneamente a su atenuación”. Para Enjuanes, ambos procesos se ven favorecidos en esta epidemia porque “el número de transmisiones está siendo muy elevado”

‘La resistencia’ es el título de la columna periodística de la escritora y filóloga gallega Lola Beccaria, nacida en El Ferrol, La Coruña, España, hace 56 años, quien vive desde hace tres años en Shanghái, donde relata cómo les ha cambiado la vida con el coronavirus. “Para entender lo que aquí pasa hay que saber primero cómo era Shanghái antes del coronavirus. Imaginad el lujo de París, el ajetreo de Londres, el glamur de Nueva York, la hospitalidad de Madrid, todo al alcance de la mano. Shanghái es una de las ciudades más bonitas del mundo y vivir aquí es una aventura apasionante. No es una ilusión: esta ciudad es la ONU, donde convivimos todas las nacionalidades. No hay guetos ni barrios divididos por raza o religión. Aquí todos somos hijos de la misma madre y vestimos como queremos. Eso sí, unos más pobres y otros más ricos, unos con los ojos rasgados y otros con cara de laowais (extranjeros). Hay sitio para todos, todos estamos mezclados, nadie mira a nadie raro, y menos los chinos, que conviven con los extranjeros con total naturalidad. Sales a la calle y de golpe te encuentras con la vida, terrazas, puestos callejeros, miles de restaurantes, gente por las aceras, bailando en los parques, motos, bicicletas, 23 millones de personas, podrían parecer demasiadas, pero se produce la magia y enseguida te unes a esa marea viva que casi te lleva en volandas”.

“Por eso -recalca la también guionista de película y asesora teatral-, la pérdida es tan significativa en estos días. A ver, Shanghái no es Wuhan, en términos de infectados, pero las medidas nos afectan por igual, y cada vez más. Poca gente por las calles, muchos locales cerrados. Sin cines ni museos. Líneas de autobuses cortadas. No hay colegios. La ciudad late ahora más despacio, a medio gas. La epidemia nos ha cogido a traición. Ha impregnado todo de una belleza triste y un desconcierto inesperado. La perla de Oriente, uno de los ombligos del mundo, el espectacular símbolo del nivel de desarrollo y prosperidad de China, está sufriendo en silencio la amenaza de la enfermedad. Lo de las mascarillas es lo más impactante. Cada vez que me la pongo me cambia la perspectiva. De pronto te ves inmerso en una película de futuro distópico, y miras a todos lados esperando hordas de zombis o tener que poner a prueba tu capacidad de supervivencia. La culpa es de Netflix, se podría decir. Aprietas el culo y avanzas despacio porque la mascarilla quita visibilidad y agobia bastante…”.

Lola Beccaria es una de tantas familias de españoles que viven expatriados en Shanghái. Muchos se han marchado aprovechando los últimos vuelos antes del cierre de las aerolíneas, que afecta a toda China. Pero no todo el mundo se puede ir. Muchos tienen su casa y su trabajo aquí. No es tan sencillo como coger un vuelo y decir adiós sin mirar atrás. Además, muchos no quieren irse, entienden la gravedad de la situación, pero vivir es peligroso de por sí. En contextos como este desdramatizar es obligado. Aun con todo, la psicosis, alimentada por noticias de todo pelaje, es el pan de cada día, que intentamos aliviar mediante los grupos de WeChat (el WhatsApp chino). El de “Españoles en Shanghái”, con casi 400 miembros, es muy activo, el cordón umbilical de los españoles que siguen all. Y ahora, las chicas, que son muy organizadas, han abierto uno propio, que han bautizado como “La resistencia”. En él están apuntadas todas las mujeres españolas que permanecen en la ciudad. Su motivación: compartir información de primera necesidad, traducir, ofrecer ayuda, consejos, entre nosotras. Hay embarazadas, con niños pequeños, mujeres solas, pero, sobre todo, mujeres valientes y generosas, dispuestas a echar una mano, y “no os podéis imaginar lo que consuela, la humilde alegría compartida, el bálsamo que representa levantarse por las mañanas y lo primero, leer el chat de tus compañeras de fatigas aquí en Shanghái”. “Aportar tus conocimientos o preguntar a tu vez cómo haces para conseguir esto o aquello, en qué súper hay existencias, qué tienda reparte online, dónde pillar mascarillas, ahora mismo lo más complicado”.

Los chinos son divertidos, originales, amables, y eso sigue igual. Los extranjeros dependen de ellos en muchos aspectos y siempre hay alguien que te ayuda. Incluso ahora, cuando da más miedo acercarse a alguien, la gente te echa un cable, no sale corriendo, y de pronto te ves en animada conversación hablando a través de las mascarillas. Ya no son artilugios que nos deshumanizan. Son entonces los ojos los que hablan, sonríen o te dan confianza. El tono de voz, el gesto de las manos, son matices que empiezas a apreciar, que buscas. Y esos pequeños detalles definen mejor que ninguno lo que es este país. Sé que no es el mejor momento para una recomendación turística, pero merece la pena que lo apuntéis en la agenda. En contra de lo que pueda parecer desde fuera, China no es un Gobierno o un partido. Lo mejor de China está en cada persona. Hay que conocer un poco la terrible historia de China para darse cuenta de que comer murciélagos o serpientes es apenas hoy una lejana y localizada reminiscencia de lo que en tiempos resultó una forma bien creativa de paliar la hambruna que asolaba el país. Esta gente ha sufrido mucho. Todo cambia según cómo lo mires. Eso es lo que ha aprendido Lola Beccaria en estos años viviendo en Shanghái. Viendo a la ciudad resistir, y la gente firme, tranquila, organizada, te das cuenta de que ni hay conspiración ni ganas. Esto no es una serie de la tele, todo es tratar de salir adelante.

“No me gustan algunas cosas de este país, no estoy ciega ni me embarga un sentimentalismo barato. Echo pestes cuando no puedo abrir mi correo de Gmail o buscar en Google, entrar en Twitter, Facebook, Instagram, o en la página web de un periódico internacional. Toda esta censura inútil. Y, sin embargo, ahora es el momento de estar a la altura de la situación, echar todos un cable, calmar los ánimos, tranquilizar, apoyar. Aunque somos españoles, también, ahora mismo, somos todos de aquí”, termina ‘La resistencia’ de Lola Beccaria. Es importante tomar buena nota de lo que está ocurriendo en China, donde Li Wenliang, el doctor héroe que alertó de la epidemia se ha convertido en paradigma por la libertad de expresión en China.

@BestiarioCancun

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