Juana Bacallao, la ‘’Mata-Hari’ cubana

Cuando restan menos de dos meses para las elecciones presidenciales estadounidenses, declara “amar” a Jose Biden y lo hace en el Estado de La Florida, clave ante un resultado ajustado entre los contendientes republicano -no quiere irse de la Casa Blanca- y demócrata -acusado de comunista por su rival-. Donald Trump ha pedido a su abogado y ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, que investigue a la vedette del cabaret ‘Gato Tuerto’ de La Habana, vitoreada en Miami por los ‘anticastristas republicanos’, “una operación secreta del G2”…

EL BESTIARIO

POR SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Pareciera la reseña de la Editorial Alfaguara de España de una nueva obra como ‘Nuestro hombre en La Habana’, una novela policial escrita por el novelista británico Graham Greene en 1958. La obra está ambientada en Cuba de fines de la década de los años 50, en plena ‘Guerra Fría’ y poco antes de la revolución castrista, que ya se adivina. Esta es una crónica más reciente de la historia contemporánea habanera de ‘Radio Bemba’, la red social más popular de la capital cubana, una mezcla de realidad y ficción… El último romance secreto, clandestino y habanero del industrial pavonero de Eibar, la ciudad armera del País Vasco, en España, y amante de ‘artistas’ que protagonizaban el ‘Teatro Argentino’ en plena dictadura de Francisco Franco, Alejandro Carral, tuvo como principal protagonista a la cantante y bailarina Juan Bacallao, nacida en La Habana un 26 de mayo de 192. Tiene 95 años.

Este ‘Teatro Argentino’ exhibía por los pueblos ibéricos revistas musicales de chicas ligeras de ropa y de bailarines afeminados. Era el no va más en las noches de desmadre. Eran tiempos difíciles en las relaciones con la ‘Madre Patria’, al igual que los que siguieron a la desaparición de la Unión Soviética, cuando España estaba dirigida por el presidente conservador del Partido Popular (PP), José María Aznar. Este ‘Gato Tuerto’, cercano al Hotel Nacional, en pleno Vedado, fue en su día cuartel general del ambiente de La Habana, no lejano a reales y virtuales servicios de inteligencia internacionales e intelectuales cubanos. Juana Bacallao tiene ya  ‘fichado’ al actual presidente estadounidense… “Quieren hacer daño a mi nación caribeña verde olivo. Lo van a tener difícil Donald Trump y su Rudy Giuliani, conmigo. Soy, ante todo, Juana La Cubana…”. La conocida también como la ‘Venus negra del Gato Tuerto’ fue el último “romance” secreto, clandestino y habanero del ‘Padre de las vedettes españolas’, Alejandro Carral. El vasco, originario de Eibar, Guipúzcoa, en el Norte de España, dejó de forjar una leyenda de arlote, hombre de poco fuste, burlonesco y entrañable, que ahogaba su dolor en lo más escondido de su alma… “Empecé a perseguir a las artistas por culpa de la mujer que no me quiso. Las cornadas de los toros, las heridas de la guerra, las crudas de las ‘farras’ se curan. Pero las de los ojos de una mujer, no…”. La culpa la tuvo, Juana ‘La Cubana’, la primera estrella de Cuba, con permiso de Rosita Fornés, fallecida recientemente en Miami y enterrada en su Cuba natal. Tal vez estamos ante la más bella historia de amor imposible jamás contada en un medio impreso del Caribe. La culpa la tuvo, Juana Bacallao, la primera estrella del ‘Caimán Verde’. Fascinante, único, irrepetible Carral.

Tal vez la tuya sea la más bella historia de amor imposible jamás contada. Fuiste capaz de perderte en el espacio como un átomo, recorriendo casi diez mil kilómetros tras el duende de Juan Bacallao. Ella, desde entonces, lleva algo de ti. Una de esas setecientas ‘txapelas’ (boinas vascas) que compraste a lo largo de tu larga vida. Te quiere… ¿sabes? Te quiere. Y también Lina Morgan, y Norma Duval, y Tania Doris, y Sara, la Saritíssima Montiel, y Carmen Sevilla, y la Bibí Anderssen, la ‘chica’ del director de cine manchego, Pedro Almodóvar, quien sigue dando que hablar con su película ‘Dolor y Gloria’… Te preparaban un gran homenaje como el ‘Rey vasco de las vedettes españolas’. Desapareciste. Regresaste a tu Eibar. Estuvimos juntos comiendo unos ‘bocatas’ de anchoas con guindillas en el Bodegón Rusky. Más tarde, junto con el pintor Paulino Larrañaga, mis amigas Isabel y Cristina Aldalur, el fundador de Kein Group, Roberto Ruiz Sarasqueta, y mis sobrinos Leyre y Andoni, terminamos cenando una merluza con kokotxas en el restaurante Iñaxio, junto con el ‘chef’ José Navas y su inseparable y minimalista esposa Belén. Días después te dimos un ‘hasta luego’ en la Parroquia de San Andrés, con los sacerdotes Pedro Celaya y Jesús Sanmiguel. Tus vedettes se enteraron de tu muerte y nos hicieron llegar su pesar. Eras para ellas como un verdadero padre. Supiste darles lo que otros hombres nunca lo lograron: generosas dosis de cariño. Todo ha sido posible gracias a aquella novia estúpida -me dijiste su nombre, la conozco, pero seguiré respetando en columna EL BESTIARIO nuestro acuerdo de secreto-, que te dejó para casarse con otro que es más estúpido que ella. Te lo puedo asegurar. Te obligó a lanzarte como un ‘kamikaze’ suicida tras las coristas. ¿Qué hubiera sido de ti sin aquella herida humillante y cruel en un pueblo guipuzcoano cubierto de nieblas y lloviznas interminables y bendecido por aquel cura Pedro Zingotita que se ponía en las afueras de la parroquia y obligaba a las jovencitas, a regresar a sus casas para cambiar sus ‘demoníacos’ pantalones que marcaban demasiado las ‘curvas’ delanteras y traseras, por unas faldas decentes que taparan holgadamente sus rodillas -más bien parecían unas ‘burkas’ vascas-?

Créeme te hubieras convertido en un marido anodino, aburrido, parapateado tras un periódico o ahora en unas redes sociales, para evitar la cara desnuda de lo cotidiano. Es más, nunca hubieras degustado el excitante y amargo sabor de la noche, el sueño bajo una farola, el olor de las rosas de los camerinos, el bouquet del champán o cava en madrugada, el beso tierno y sincero de una muchacha de revista. Por todo ello muchos te envidiaban, aunque te hayan dedicado ahora años después un pasodoble. Hasta el periodista más tonto sabe que “escribir es llorar”, como decía Mariano José Larra. El negro es inevitable en esta leyenda urbana de Alejandro, pavonero, fumador obsesivo compulsivo de los ‘anticancerígenos’ Farias, y tu libre y salvaje boina. Edgard Allan Poe escribió sus ‘Historias de Terror e Imaginación’, sin saber de tu existencia. No sabe lo que se perdió. Si está ahora al lado tuyo cuéntale Alejandro lo de aquel domingo de diciembre en Cestona. ¿Recuerdas? Gipuzkoa y todo el País Vasco estaban asolados por los sádicos asesinatos cometidos en el bar ‘Carabanchel’ de Vitoria. La de periódicos que se vendieron entonces, sobre todo ‘El Caso’, matutino romántico de la ‘crónica roja’. Me consta que tú estabas bastante harto de todo aquello. El mundo vasco se había vuelto monotemático. Fuiste a una carnicería. Compraste un kilo de hígado. Te embadurnaste hasta la calva y la ‘txapela’ con el material. Pediste prestada el hacha al carnicero -“es sólo un momento”, dijiste- y con la ropa machada entraste en el bar más cercano gritando “¡He matado a diez y puedo matar a media Euskadi…!” Eran otros tiempos. “Locuras de juventud”, según tú.

Años después, ya tenías bastante con emborrachar de champán a un burro en los ‘Sanfermines’, las fiestas de Pamplona, Navarra. “Estaba con un americano de barbas, me dijo que era Ernest Hemingway y compartimos unos ‘Moet’ con Platero”. Durante muchos años le restaste protagonismo al mismísimo pintor Ignacio Zuloaga, icono plástico del lugar. Hace unos años te dedicaron un rancio pasodoble titulado ‘Alejandro Carral’. Me he enterado que prefieres ‘Alejandro’ de tu artista Lady Gaga… Alejandro Carral, vanguardista, era conocido en Eibar por sus amores imposibles en una sociedad de amores eternos, por sus gamberradas de juventud y sus visitas de fin de semana a las ‘Cortes’ de Bilbao, el barrio autorizado de putas de Bilbao, por parte de la Sección Femenina de la Falange Española de Pilar Primo de Rivera y sus ‘mojigatas’. Había allí unos bares donde no faltaban actuaciones de vodevil. No de ellos tenía nombre de felino, no era tuerto como otro que conocerías años más tarde en la capital cubana, sino negro como la ‘Juana’ que conociste en un gato tuerto: ‘El Gato Negro’ (Katu Beltz). Allí se encontraba con vecinos eibarreses, todos ellos ejemplares maridos y padres de familia, como lo exigía Pedro Zingotita.

Estas ‘escapadas” nocturnas a la capital vizcaína venían precedidas de largas jornadas de trabajo de hasta veinte horas diarias en su empresa familiar, muy cerca de Errebal y su Plaza del Mercado y el bar ‘Trinquete’. En un viejo y oscuro local -un tanto gótico a lo Tim Burton, nos hacía recordar la peluquería de Jhonny Depp en ‘Sweeney Todd: El barbero diabólico de Fleet Street’’ y la fábrica de hamburguesa ‘humana’ situada en su sótano- había una decena de bañeras llenas de líquidos negros, escopetas y armas. Esos líquidos negros eran el producto final de una complicada mezcla de elementos químicos. La ‘receta’ era secreto de familia. Alejandro era a la vez el bardo Asurancetúrix y el jefe de la aldea Abracúrcix del mundo de Astérix y Obélix de los Uderzo y Goscinny. Hasta su muerte mantuvo el secreto del ajiaco cubano, o pozole mexicano o porrusalda vasco.

El pavonado consiste en la aplicación de una capa superficial de óxido abrillantado, compuesto principalmente por óxido férrico de color azulado, negro o café, con el que se cubren las piezas de acero para mejorar su aspecto y evitar su corrosión. Eibar era conocida mundialmente como la ciudad armera. En sus buenos tiempos hubo más de trescientas fábricas de escopetas funcionando junto a una firma de pistolas, “Star”. Una de estas armas se hizo famosa un 22 de noviembre de 1963, cuando Lee Harvey Oswald asesinó en Dallas al presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, y después fue abatido a su vez por Jack Ruby. Todos los fabricantes vascos de armas, cuando recibían un encargo especial para un presidente, rey o jefe de estado, sabían que tenían que pasar por las ‘bañaderas’ de Carral. “En una ocasión vino un escopetero con unos clientes de Alemania -nos contaba en una deliciosa tertulia ‘ruskyana’- y me pidieron que les dijera cómo lograba un pavonado único en Europa. Los dos eran químicos, recién graduados. No llegaban a los 30 años. Yo saqué la mano de mi bolsillo e introduje el dedo índice en la mezcla. Después me lo llevé a la boca y lo chupé. Los invitados no quisieron seguir allí. Parece que se asustaron ante un trabajo tan artesanal. Cuando se fueron fui al lavabo a limpiarme el dedo índice. Ellos no saben que en la bañera metí el dedo índice, pero en la boca, el medio. Uno puede ser en la vida un poco loco Santiago, pero nunca idiota. Pretendían, con sus raquíticos, cinco años de carrera saber más de química que uno. El óxico férrico era para mí más familiar, apenas con diez años, que una gaseosa Pitusa o una Coca Cola…”.

La primera versión del artículo original titulado ‘La leyenda de la mujer fatal’ se publicó en EL PAÍS el 11 de agosto de 2005. En él, el escritor Julio Llamazares se adentra en la casa natal de Mata-Hari (la espía más famosa del siglo XX), en la localidad holandesa de Leeuwarden, al norte de Holanda. Leeuwarden, la capital de Friesland, en Holanda, es un lugar muy tranquilo. Lo prueban su aspecto idílico y ganadero (la región de Friesland produce casi el 40% de la leche de todo el país) y sobre todo las esculturas que presiden sus paseos y sus plazas principales. Al revés que en otros lugares, donde estas rememoran normalmente el nombre de militares y de políticos, en Leeuwarden las estatuas son mucho más apacibles. Y originales. Hay una al caballo frisón, típico de la región; otra a un niño futbolista; otra a una vaca, apodada Nuestra Madre, que al parecer dio ella sola en vida, a mediados del siglo XIX, la nada desdeñable cantidad de 13.800 litros de leche, y otra, en fin, al borde de uno de los canales que atraviesan la ciudad de parte a parte, a la frisona más conocida en el mundo, por encima incluso de las vacas: Mata-Hari.

La casa de Mata-Hari está en el centro de la ciudad, en el número 28 de la Grote Kerstraak, y hoy alberga el Museo Literario de Friesland, cuya bandera de franjas blancas y azules, con siete corazones rojos, ondea en el balcón de la fachada. El museo no tiene gran interés (salvo para los interesados, supongo, en la cultura frisona), pero permite al viajero la emoción de entrar en la casa en la que nació y vivió la que sería pasado el tiempo la más famosa espía del siglo XX. Esa a la que en dos vitrinas (con unas pocas fotografías, unos cuantos objetos personales y el cartel de Greta Garbo en el que interpretó su vida para la gran pantalla) el museo rinde también homenaje, casi por obligación. Se ve que sus promotores están más interesados en difundir la cultura frisona que la leyenda de su compatriota. Y, sin embargo, Margaretha Geertruida Zelle, hija de un comerciante de sombreros cuyo destino parecía ser el de una chica más de Friesland, casada con otro comerciante o un ganadero y dedicada a criar sus hijos igual que hizo su madre, se convertiría por causa de su destino en la espía más famosa de la historia y en la imagen de la mujer fatal. De ahí la fascinación que sigue ejerciendo casi un siglo después de ser fusilada cerca de París, y de ahí la peregrinación que Leeuwarden continúa recibiendo cada año, pese a que siempre se avergonzó de ella.

Mata-Hari, no obstante, nació en Java, hacia donde la joven Grietje, como la conocían familiarmente en Leeuwarden y en su familia, se encaminó junto a su marido, un oficial del Ejército holandés destinado en las Indias orientales al que conoció por un anuncio en el periódico tras sufrir en el internado en el que la metió su padre, a la muerte prematura de su madre, el acoso del director, que se había enamorado de ella. No era el primero ni sería el último, pues la joven, según parece, era de una belleza espectacular. Pero su matrimonio resultó un fracaso. Violento y bebedor, el oficial de Indias que se casó con ella a través de un anuncio en el periódico sometió a la joven Grietje a un infierno de celos y agresiones, motivados según él por su absoluta amoralidad y adicción al sexo —”¿Cuándo podré librarme de esta zorra sin que me quite a mis hijos?”, llega a escribir a su hermana—, hasta que aquella consiguió el divorcio, muerto ya el mayor de sus dos hijos.

Pero Margaretha Geertruida Zelle, aunque regresó a Europa, no estaba dispuesta a volver a Holanda y a la provincia. Durante su estancia en Java, la ya más madura Grietje había aprendido los secretos del sexo y de las danzas orientales, por las que siempre sintió gran fascinación, y ello, unido a su ambición, la llevó a instalarse en París, ciudad en la que se convirtió en seguida en la bailarina más famosa y deseada por los hombres. Con una vida inventada, bailando semidesnuda, salvo los pechos, que siempre llevó cubiertos (dicen que a causa de la falta de pezón en uno de ellos, que le arrancó su exmarido, el violento oficial de Indias, de un mordisco), cubierta de brazaletes y de exotismo, Mata-Hari, la Pupila de la Aurora, como ella misma se bautizó para subrayar aquel, cautivó a todos los hombres de París tras su estreno en el Museo de Arte Oriental, en función promovida por el coleccionista Guimet. Por sus brazos enjoyados y su cama pasaron infinidad de hombres, todos rendidos a su belleza. Políticos, militares, poetas, compositores, toda la aristocracia de la preguerra, con contadas excepciones, sucumbió a su misterio y a su exotismo, que ella misma se encargó de alimentar inventándose una vida que no tuvo. Contaba que era hija de una bailarina hindú, del templo de Kanda Swany, que murió a los 14 años, al nacer ella. Decían que dominaba todas las técnicas del Kamasutra, un ejemplar del cual fue encontrado, a su muerte, cuidadosamente anotado en el apartamento en el que vivía. Sus contorsiones y sus miradas eran famosas en toda Europa. Eran los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, y el mundo era un cabaret en el que mujeres de largas piernas cantaban canciones militares y profanas para un público que se acercaba al abismo sin darse cuenta.

Pero la fama de Mata-Hari fue también su perdición. Su fama y su pasión por los militares (“Siempre he amado a los militares. Prefiero estar con un militar cualquiera que con el banquero más rico de la ciudad”, declaró ante el tribunal que la juzgó), por los que siempre dijo sentirse irresistiblemente atraída. Y le daban igual sus nacionalidades: alemanes, franceses, austriacos, italianos… Con todos se acostó y a todos los volvió locos con sus caprichos y sus desdenes y su conocimiento del sexo y de la miseria humana. Cuando estalló la Guerra Mundial, actuaba ocasionalmente en Berlín y era la amante del jefe de policía de la ciudad. Luego lo fue del cónsul alemán en Ámsterdam, quien la introdujo, al parecer, en los servicios secretos de su país como la agente H-21. Pero ella, inconstante en los afectos igual que en los amores, se convirtió en agente doble, también para los franceses.

Ante el Tribunal de Guerra que la juzgó dijo que solo se acostaba con los militares por placer, no por sacarles información. Quizá fue la única vez que no mintió en su vida, pero no la creyeron. Maquillada como para una ceremonia, con los ojos abiertos y despidiéndose del pelotón que la ejecutaba mirándolos fijamente (hay quien dice que se abrió el abrigo negro, bajo el que estaba completamente desnuda, para confundirlos, e incluso quien asegura que solo cuatro soldados lograron acertar a causa de ello), murió en el campo de tiro de Vincennes, cerca de París, al amanecer del 15 de octubre de 1917. Nadie reclamó el cadáver. En Leeuwarden, mientras tanto, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo de París, la gente seguía a lo suyo, ordeñando a las vacas y alimentando a los caballos, además de a sí mismos y a sus familias, sin sospechar que aquella famosa espía de la que hablaban todos los periódicos era la hija del sombrerero Zelle, conocido en la ciudad por su imaginación y por su afición a contar historias que nunca fueron verdad, pero que él aseguraba haber vivido en persona. En eso se pareció seguramente a su hija. Extraña más por ello la pequeña figura de la muerte con guadaña que un pintor de brocha gorda de Leeuwarden que se encontraba pintando la casa de Mata-Hari la mañana de su fusilamiento pintó debajo de la escalera con la fecha grabada y bien visible junto a ella: 15 de octubre de 1917. Los responsables del hoy museo, más preocupados por la literatura y la cultura de Friesland, tienden a pasar de ella, pero allí sigue como un extraño testimonio de que el misterio y la fantasía continúan persiguiendo a Mata-Hari después de muerta como lo hicieron toda su vida y como lo seguirán haciendo, pues es ya uno de los arquetipos de nuestra historia y de nuestra imaginación: el de la mujer fatal, que tanto atrae a los hombres.

Mata Hari fue un enigma en sí misma: cantante, actriz, espía… el cine y alguna novelas malas la han retratado como una mujer fatal, fría y calculadora. Aunque, vista su biografía, calculadora parece más bien poco: no paró de meterse en líos, se pasó la vida pleiteando por la custodia de su hija tras la ruptura matrimonial y, de hecho, si hubiera calculado mejor no la habrían acabado ejecutando por espionaje en 1917. Su vida fue más bien una carrera hacia ninguna parte que empezó a los 18 años, cuando se casó con un militar mucho mayor que ella, con el que tuvo una breve relación por correspondencia después de que este pusiera un anuncio en el periódico. Ni siquiera está claro que fuera una espía importante, o siquiera que pudiera considerársela espía en el sentido estricto, más allá de llevar y traer algunas informaciones de unos amantes a otros. En realidad, las pruebas sobre sus actividades como espía son escasas. Hay muchas más pruebas -fotográficas, con vestidos de odalisca de muchas transparencias- de su trabajo como bailarina de ‘strip-tease’ que de espía.

Muchos escritores contemporáneos, con motivo del centenario de fusilamiento de Mata-Hari, investigaron en los archivos sobre ella depositados en los servicios secretos del Reino Unido, Alemania y Holanda. Acabaron teniendo ante sí una sospechosa  montaña de documentos: ¿Cómo pudo escribir Mata-Hari esa infinidad de cartas? ¿Cómo se vio envuelta en tantos enredos, maquinados tanto por amigos como por enemigos?”. Desde prisión, ella revela las decisiones que tomó en busca de su propia verdad, desde su infancia en un pequeño pueblo holandés hasta sus desgraciados días como esposa de un militar alcohólico en Java y su calculado ascenso hasta convertirse en una celebridad en Francia. Mata-Hari, sin ser consciente de ello, pudo ser una de nuestras primeras feministas. Minutos antes de ser ejecutada, se fue desnuda hacia los guardias que la custodiaban en un intento in extremis de salvar el pellejo hipnotizándolos con sus encantos. O eso cuenta la leyenda. Como también narran que a los soldados les vendaron los ojos para no perturbar el pulso de sus manos sobre los fusiles. E incluso que ella les lanzó un coqueto beso de despedida con la mano. La exótica Java, el efervescente París de la Belle Époque y el Berlín de la Primera Guerra Mundial fueron los escenarios en los que se desarrolló su vida tan intensa.

Alejandro Carral, hombre religioso, perteneciente a la familia tradicionalista carlista católica española, un fin de año de 1985, en las ‘Cañitas’ del Hotel Habana Libre, en la capital cubana, se encontró con su Mata-Hari caribeña, Juana Bacallao. Esta ‘aceleró’, si cabe aún más la irresistible atracción del eibarrés por las coristas. Había un elemento, la negritud, ajeno al PPG, el medicamento cubano pionero al Viagra, el sildenafilo de Pfizer, para tratar la disfunción eréctil. Una boina voló hasta la entrada del cabaret ‘Caribe’, donde los clientes dejaron de dirigir sus miradas al escenario donde actuaban ‘Los Van Van’. El ambiente, el ‘feeling’ lo protagonizaron aquella noche de pasión internacionalista Juana y Alejandro. Si desde Cancún, Riviera Maya, el Caribe Mexicano, visita La Habana y de repente se sorprende con una boina negra que llueve desde el cielo, el sombrero ‘proletario’ del País Vasco, que universalizaran Ernesto Che Guevara y otros guerrilleros de Sierra Maestra, y fotografiaran Alberto Korda y otros reporteros de Prensa Latina, no se asuste. Es un mensaje ‘cifrado’ anti Donald Trump del negro ‘pavonero’ Alejandro Carral, apoyando a su negra ‘vedette’, Juana Bacallao, Juana La Cubana…

A pesar de las objeciones de las autoridades locales, Donald Trump ha decidido llevar el pasado primero de septiembre su mensaje de “ley y orden” a la ciudad de Kenosha, en Wisconsin, el escenario de la última erupción de las protestas por la justicia racial que desembocaron en violentos disturbios durante tres noches de la semana pasada. Pero su negativa a condenar la violencia de sus seguidores, sumada a un contundente contraataque de su rival demócrata, siembran dudas en la estrategia de seducción del votante moderado por parte de un presidente que, ante episodios violentos, renuncia al papel tradicional de llamar a la unidad y a curar las heridas. “Voy allí por la policía y por la Guardia Nacional porque hicieron un gran trabajo en Kenosha. Apagaron la llama inmediatamente”, ha dicho Trump antes de subir al Air Force One y poner rumbo a Wisconsin. Al llegar a la ciudad de 100.000 habitantes, al borde del lago Michigan, ha visitado las ruinas de un edificio quemado durante los disturbios y se ha reunido con los propietarios de una tienda de muebles vandalizada. También ha mantenido un encuentro con sheriffs locales y políticos republicanos, ante quienes ha insistido en las críticas a sus rivales demócratas. “Los temerarios políticos de extrema izquierda siguen apoyando el mensaje destructivo de que nuestra nación y nuestra policía son opresoras y racistas”, ha dicho.

El 23 de agosto, en Kenosha, un agente de policía disparó siete veces por la espalda al afroamericano Jacob Blake, que continúa hospitalizado. El suceso reavivó la llama de las protestas por la justicia racial que ha recorrido el país durante el verano, tras la muerte a manos de la policía de George Floyd. Durante las primeras noches se repitieron las escenas de vandalismo y saqueos. Tras la llamada de milicias ciudadanas que pedían personas armadas para poner orden en la ciudad, un joven de 17 años, seguidor de Trump, se presentó con un fusil de asalto y acabó acusado de seis delitos, entre ellos dos homicidios. En la víspera de su visita a Kenosha, el presidente defendió al joven, sugiriendo que actuó en legítima defensa. En las últimas semanas, el presidente ha convertido la mano dura contra los disturbios en el mensaje central de su campaña. Deseoso de desviar la atención de la crisis del coronavirus, Trump confía en que la alarma sobre el supuesto caos que reinaría en las ciudades si gana en noviembre el demócrata Joe Biden, al que acusó sin base la semana pasada de alinearse con los “anarquistas” y los “alborotadores”, calará en un electorado moderado que parecía escapársele en los últimos meses. Donald Trump arrastra su debilidad ante le pandemia del Covid-19, logrando que Estados Unidos se haya convertido en la capital mundial del coronavirus. Los muertos pudieran alcanzar los 200 mil en el día de las elecciones del 3 de noviembre. Apenas restan unos 10 mil. De aumentar los rebrotes la cifra estimada pudiera pecar de optimista. Los contagiados superan los 6 millones…

Para el gobernador demócrata de Wisconsin, Tony Evers, que desplegó a la Guardia Nacional para sofocar los disturbios, la visita de Trump solo puede alimentar unas tensiones que ya iban camino de remitir. “Me preocupa que su presencia solo entorpezca nuestro proceso de curación”, le escribió al presidente en una carta el último día de agosto. “Me preocupa que su presencia solo retrase nuestro trabajo para superar las divisiones y avanzar juntos”. En el mismo sentido se pronunció el alcalde de Kenosha, el también demócrata John Antaramian. “Tiene usted una comunidad que está en el proceso de tratar de curarse”, dijo en una conferencia de prensa. “Han pasado muchas cosas en esta comunidad. Simplemente a mí me parece, igual que a otros, que sería mejor para nosotros poder ser capaces de aunar esfuerzos, permitir que la comunidad se una, y de verdad curar las heridas”. Pero el presidente Trump desoyó las peticiones y rechazó que su visita pueda recrudecer las tensiones. “Bueno, también podría aumentar el entusiasmo y el amor y el respeto por nuestro país”, dijo en conferencia de prensa. Por la noche, en una entrevista en Fox News, calentando aún más la visita, el presidente comparó a los policías que disparan a los ciudadanos con golfistas que se ponen nerviosos y fallan un golpe fácil. “Pueden realizar 10.000 actos buenos, que es lo que hacen, y un fallo”, dijo. “Se ponen nerviosos, como en un campeonato de golf, y fallan un putt de un metro”.

Coincidiendo con la visita del presidente tuvo lugar una “celebración comunitaria”, organizada por la familia de Blake en el lugar donde recibió los disparos, que prometía “música, comida, cortes de pelo gratis, invitados famosos y limpieza de la comunidad”. El presidente no tenía previsto reunirse con los familiares de Blake. La celebración ha competido con el ruido de los helicópteros que han sobrevolado Kenosha durante la mañana. Las tanquetas policiales han vuelto a las calles. La visita del presidente ha provocado el corte de calles y la interrupción del servicio de trenes que conecta la ciudad con Chicago. La visita de Trump a Kenosha ha sido una jugada política arriesgada, que algunos republicanos temen que pueda acabar teniendo un efecto negativo en su campaña. Su defensa de un adolescente acusado de homicidio, y su negativa a condenar actos violentos perpetrados por la extrema derecha, debilitan su postura en ese debate sobre la seguridad al que el presidente ha apostado su reelección. Tradicionalmente, los presidentes que visitan ciudades golpeadas por la violencia y el conflicto asumen un papel de consuelo y realizan llamadas a la unidad. Pero las acciones de Trump en las horas previas indican más bien su intención de convertir los sucesos de Kenosha en un arma de división política.

El mensaje de alarma y el retrato de Biden como un radical anti policía que logró transmitir sin apenas contestación la semana pasada, con la ciudad aún sacudida por los disturbios, no solo está perdiendo efectividad al aflorar su componente divisorio, sino que está siendo contestado con fuerza. Tras condenar sin matices los disturbios violentos, su rival demócrata, Joe Biden, acusó a Trump de no poder parar una violencia que ha estado “fomentando durante años”. Después de la comparecencia del presidente, Biden difundió un comunicado en el que volvía a arremeter contra su rival por negarse a condenar la violencia de sus seguidores. “No es apto para ser residente, y su preferencia por más violencia, en lugar de menos, es clara”, dijo Biden. El presidente del Comité Nacional Demócrata, Tom Perez, ha asegurado que Biden planea visitar Kenosha “tan pronto como sea posible”, y ha criticado el viaje del presidente a la ciudad, que ha calificado de un intento de alimentar el odio.

Un nuevo vídeo elevó las tensiones raciales en Estados Unidos, el miércoles 3 de septiembre. Horas después viajaba a España, en la Unión Europea. Me esperaban varios encuentros para recoger opiniones sobre la distópica campaña electoral que se está desarrollando en los Estados Unidos de América, paradigma de las democracias occidentales. Las imágenes de un hombre afroamericano que es asfixiado por agentes de la policía en Rochester, Nueva York, eran difundidas por la familia de la víctima, que murió el 30 de marzo pasado. Daniel Prude, de 41 años, aparece desnudo, sentado en la calle y con las manos esposadas mientras los agentes le rodean, después se observa que uno de ellos le pone una capucha blanca en la cabeza y lo postra contra el asfalto durante dos minutos. Prude sobrevivió hasta que llegó una ambulancia, pero en el hospital solo se mantuvo vivo durante siete días conectado a equipo de soporte vital.  El 23 de marzo, su hermano, Joe, llamó al 911 para pedir ayuda porque el hombre -originario de Chicago y que estaba de visita unos días- tenía un comportamiento extraño por problemas relacionados con su salud mental. El conductor de un camión también llamó a la línea de emergencia para avisar de que un hombre negro iba desnudo por la calle, intentando abrir automóviles y gritando que estaba contagiado de coronavirus. La policía se presentó en la calle y detuvo a Prude, esposándole las manos contra la espalda. “Llamé para que ayudaran a mi hermano, no para que lo lincharan”, expresó Joe Prude, en la presentación del vídeo, durante la que la familia ha demandado que se acuse a los policías de homicidio.

La grabación se obtuvo de la cámara que usaba uno de los agentes en su uniforme. Allí se observa claramente que Prude no estaba armado y que obedeció a los agentes cuando le pidieron que se sentara en el piso. Los policías decidieron encapucharlo aún al notarlo agitado y lo hicieron con un gorro que se usa para evitar que los detenidos muerdan a los agentes o les escupan. Después, cuando estaba inconsciente tras la sofocación, intentaron reanimarlo y llamaron a una ambulancia al no conseguirlo. Los policías involucrados en la muerte de Prude no han sido suspendidos. La autopsia señala que el hombre falleció por “complicaciones de asfixia en el marco de una dominación física” y que el fármaco fenciclidina había contribuido a su estado de delirio. Tras la exhibición del vídeo, un centenar de vecinos de Rochester salieron a protestar frente a la estación de policía y los agentes intentaron disolver al grupo con gas lacrimógeno. “Comparto las preocupaciones de la comunidad para garantizar que haya una investigación justa e independiente sobre su muerte y apoyo su derecho a protestar”, dijo la fiscal de Nueva York, Letitia James. Está previsto que haya más movilizaciones en apoyo a la familia de Prude.

“El tiempo en política es una sustancia altamente inestable. Siempre va por delante pero solo se entiende mirando atrás. Es algo que saben bien los sociólogos estadounidenses. Desde hace cuatro años, durante el mandato del magnate neoyorquino, sus sensores han detectado un seísmo únicamente comparable al que en 1968 sacudió al país. Una falla que, según las encuestas, ha dividido a la sociedad norteamericana como nunca en medio siglo y que tiene una causa bien establecida: Donald John Trump (Nueva York, 1946)…”, escribe el periodista español Jan Martínez Ahrens. Retroceder 52 años no es caer en una fecha cualquiera. 1968 fue el año en que Estados Unidos perdió la inocencia. Robert Kennedy y Martin Luther King fueron asesinados. Richard Nixon ganó las elecciones. Las protestas civiles sacudieron el país. Y en Vietnam, la ofensiva del Tet y la matanza de My Lai, hicieron sentirse bárbaros a muchos americanos de buena fe. Fue una fecha para la memoria, como ha sido en muchos sentidos el primer año de Trump. “Al igual que en 1968, vivimos un choque entre dos formas de ver el mundo: emergen profundas contradicciones y hay un esfuerzo por redefinir y desmantelar instituciones”, explica Victor Davis Hanson, historiador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. En 48 meses, sin necesidad de guerras ni magnicidios, se han roto todos los moldes; el presidente de Estados Unidos ha insultado y amenazado, mentido y despreciado. Ante los ojos estupefactos del planeta, ha convertido la Casa Blanca en un show en sesión continua. El resultado ha sido enfermizo. La fractura social ha alcanzado niveles que no se registraban desde Vietnam. Su valoración es la más baja de un presidente a estas alturas de mandato. El desprestigio de las instituciones, ese proyectil que él tanto utilizó en campaña, se ha abismado y su propia administración es vista como disfuncional por el 70% de los ciudadanos. “Ha roto con el papel simbólico de la presidencia. Trump no trata de estar por encima de la refriega ni le importa aparecer como justo. Tampoco le preocupa la imagen de EE UU en el mundo. Sus normas se reducen al poder y la humillación del enemigo”, afirma Andrew Lakoff, profesor de Sociología de la Universidad California Sur.

El daño es ciclópeo y en otro país de contrapesos más débiles habría desencadenado una crisis institucional. Pero lejos de cualquier temor, Trump sobrevive y ya sueña con la reelección. ¿Cómo es posible? Los expertos indican que el presidente vive seguro bajo la bandera del patriotismo y la xenofobia. Desde los albores de su campaña ha sabido destilar los miedos de la población blanca rural para obtener un combustible de alto octanaje. Fracturando al electorado, se ha quedado con ese 40% de los votantes registrados que le es fiel, que odia la globalización y teme al inmigrante. A ellos dirige sus mensajes y por ellos sacude diariamente al mundo con sus invectivas. “Ese núcleo duro le adora como en un culto religioso. Creen en lo que diga y apoyan lo que haga”, indica el profesor Larry J. Sabato, director del Centro para la Política de la Universidad de Virginia. En la polémica, Trump se sabe fuerte. La altisonancia le eleva y distingue. La palabra es un arma en sus manos. Se pudo ver el mismo día de su investidura, cuando después de jurar sobre la aterciopelada biblia de Abraham Lincoln entonó un enfurecido canto nacionalista y dio por inaugurada la era de América Primero. Fue la apoteosis del aislacionismo. La doctrina de la que Estados Unidos nunca ha escapado del todo y que ha determinado la política exterior de Trump.

El presidente de EE UU negó la mano a la canciller alemana, Angela Merkel, y humilló al expresidente mexicano, Enrique Peña Nieto, despreció  a Europa, revertió el acuerdo de libre comercio del Pacífico (TPP), puso en la cuerda floja el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, abandonó el pacto contra el cambio climático… Todos estos movimientos los ha dado con la vista puesta en el ombligo. Aunque en muchas ocasiones, como en el caso de Irán, haya ido menos lejos de lo prometido y en la trastienda se haya mostrado más prudente que en su cuenta de Twitter, sus mensajes le han presentado ante su núcleo duro como el campeón que cumple sus promesas y antepone los intereses americanos a los extranjeros. A esta imagen flamígera ha ayudado otro factor que también asomó en su investidura. Tras la toma de posesión, aseguró contra toda evidencia que había sido la más multitudinaria de la historia. Ante las imágenes de la ceremonia de Obama que le desmentían sin atisbo de duda, sus asesores rebuscaron en la chistera y respondieron con la teoría de los “hechos alternativos”. Había nacido la realidad paralela de Trump. Un universo donde no importa el contraste empírico sino el efecto ante el votante. A esa criatura escénica, que algunos días roza el delirio, Trump pronto incorporó el bombardeo a los medios críticos (The New York Times, The Washington Post, CNN…) a los que calificó de “enemigos del pueblo”. La estrategia, marcada por su antiguo consejero áulico Steve Bannon, pasaba por considerarles un brazo opositor y, por tanto, una fuente de información sesgada. “Ya no cuentan la verdad, no hablan para la gente sino a favor de intereses ajenos”, clamó el presidente.

Construido el enemigo permanente, creada la realidad paralela, Trump ha dispuesto de un escudo contra los embistes de su mayor pesadilla: la trama rusa. Las investigaciones para determinar si su equipo electoral se coordinó con Rusia en la campaña de intoxicación contra Hillary Clinton se han vuelto un escándalo perpetuo. Trump quiso liquidar el caso forzando, a través de Departamento de Justicia, la salida del director del FBI. La maniobra devino un desastre mayor. En un juego de contrapoderes típicamente estadounidense, su propia Administración acabó nombrando un fiscal especial para hacerse cargo del caso y despejar cualquier sombra de sospecha. Desde entonces, el cerco no ha dejado de estrecharse. Ya hay cuatro imputados, entre ellos el exconsejero de Seguridad Nacional Michael Flynn y el antiguo asesor de campaña Paul Manafort. Y nadie duda de que había más… Hostigado, Trump ha respondido quemando puentes. Se ha declarado víctima de una “caza de brujas” y no ha dudado en acusar de parcialidad al fiscal especial, Robert Mueller. La posibilidad de un ‘impeachment’ sigue lejana y el presidente cuenta con que su partido no está dispuesto a abrir la puerta a ningún juicio. Pero la beligerancia presidencial y sus exabruptos constantes a los investigadores han ofrecido al mundo uno de sus rasgos más pavorosos: la inestabilidad. Colérico, desmesurado, atronador, Trump ha pulverizado cualquier precedente. Lo inimaginable se ha hecho realidad y ni siquiera la seguridad nuclear se ha librado de este festival. Mientras el aparato militar y diplomático estadounidense se enfrascaba en un complejo pulso para frenar la carrera armamentística norcoreana, el presidente no ha dejado de jugar al matón de patio. Ha llamado “gordo, bajo y hombre cohete” al no menos megalómano Líder Supremo, Kim Jong-un; se ha jactado de tener un “botón más grande y poderoso” e incluso ha amenazado con devastar Corea del Norte. Esta inflamación verbal crónica ha extremado la disputa sobre su estado mental. Unas dudas que él ha tratado de despejar aumentando sus apariciones públicas y sometiéndose a un test cognitivo.

Equilibrado o no, la agitación permanente en la que vive ha oscurecido su mandato. Sus éxitos, fuera de su esfera de influencia, han quedado rápidamente diluidos. En un tiempo de bonanza económica, con Wall Street tocando máximos históricos y la cifra más baja de desempleo desde 2001, hay quien se pregunta qué habría ocurrido si Trump no escribiese en Twitter. ¿Cómo sería su mandato?¿Cómo se entenderían la entrada del conservador Neil Gorsuch al Tribunal Supremo o la reforma fiscal, con su recorte de 1,5 billones de dólares en 10 años y sus repatriaciones masivas de capital? El propio Trump parece haber sido consciente de esta interferencia y, sin dejar de hacer ruido, ha iniciado un cambio estratégico. Desde la humillante derrota ante el Obamacare, donde no logró ni el apoyo mayoritario de su partido, el presidente se ha ido acercando al establishment que tanto decía odiar. En este camino ha prescindido del ideólogo del miedo, Steve Bannon, y ha forjado alianzas con los líderes republicanos en las Cámaras. “Ha sido una capitulación del Partido Republicano ante el trumpismo”, añade el sociólogo Lakoff. Instintivo como pocos, Trump advirtió el peligro que le acechaba en las elecciones legislativas de 2018 y no se quedó quieto. Avanzó, negoció y abrazó a los dueños del pantano. Cambió el paso, pero no dejó de ser Trump ni de cavar la zanja. Día a día, incontenible y furioso, mantuvo la estrategia de la tensión y ahondado la sima que divide como nunca desde 1968 a los estadounidenses. Ese abismo es, de momento, su principal legado. Un enemigo imprevisible, un ‘Cisne Negro’, la pandemia del coronavirus, el Covid-19, se interpuso en la locura distópica de Donald Trump.

El muro. El veto migratorio. Los “países de mierda”. La deportación de ‘dreamers’. La expulsión de salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, nicaragüenses y haitianos. El rechazo a los refugiados. La reducción a la mitad de las green cards… Donald Trump ha construido su presidencia con un continuo ataque a la inmigración. A diferencia de su admirado Ronald Reagan, ha dado la espalda a la noción de Estados Unidos como tierra de emigrantes y ha puesto en marcha una singular clausura del sueño americano. El proyecto de nación ha llegado a su fin y es hora de cerrar las fronteras. La apertura ya no es necesaria. América ya no está en construcción. Sino que ha cristalizado en una forma que hay que aprestarse a defender. Es la doctrina de América Primero. De una América que él, blanco, multimillonario y enamorado de su propia genética, considera la mejor del mundo. La Ley Dream, acrónimo del inglés ‘Development, Relief and Education for Alien Minors Act’ (Ley de fomento para el progreso, alivio y educación para menores extranjeros), también llamada Dream Act o Acta del Sueño, es un proyecto legislativo bipartidista, que se debatió en el congreso estadounidense, junto a la Reforma migratoria, que daría un camino hacia la ciudadanía estadounidense a estudiantes indocumentados que hubiesen llegado a Estados Unidos siendo menores de edad. El proyecto legislativo fue presentado en septiembre de 2006… Tarjeta de residencia permanente en Estados Unidos, conocida popularmente como Tarjeta Verde, Green Card​, es un documento de identidad para residentes permanentes en los Estados Unidos que no posean la nacionalidad estadounidense. Los poseedores de esta tarjeta tienen derecho a residir y trabajar en el país…

‘Dreamers’ (Soñadores) es una película dramática de 2003 dirigida por Bernardo Bertolucci. El guión fue escrito por Gilbert Adair, y está basado en su novela ‘The Holy Innocents’. Durante el Mayo francés, una juventud mayoritariamente formada por estudiantes universitarios, insatisfecha con la sociedad, planteaba cambios sociales y políticos que desembocaron durante un mes en enfrentamientos muy duros con las instituciones políticas del momento. Ambientada en los sucesos de Mayo de 1968 en París. Matthew es un joven estadounidense que vive en la capital de Francia como estudiante de intercambio, allí conoce a Isabelle  y Theo, dos hermanos que asisten con frecuencia a la cinemateca de París y a quienes ha visto pero solo llega a entablar comunicación con ellos cuando en la cinemateca se realiza una manifestación relacionada con el Mayo francés. Matthew es invitado a dejar su hotel y vivir con los hermanos, cuyos padres han dejado solos en casa por unos días. Allí descubre que los hermanos nacieron siameses y que tienen una extraña relación fraternal de dependencia. Matthew comparte su afición por el cine con los hermanos y juntos juegan a recrear algunas escenas de películas clásicas de cine, mientras debaten ideas políticas, culturales y sociales, mostrando sus diferencias de opinión y sus contradicciones. En medio de los juegos Isabelle y Matthew terminan envueltos en una relación amorosa obstaculizada por los extraños lazos fraternales de los hermanos. Finalmente Matthew termina involucrándose en una manifestación de protesta con violentos enfrentamientos con la policía, donde acabará por darse cuenta de que los ideales políticos y el comportamiento psicológico de los hermanos terminará su relación con Isabelle que decide seguir a su hermano, por lo que Matthew toma la decisión de marcharse…

‘Soñadores’ es una honesta y sentida declaración de amor al séptimo arte. Homenajes, referencias y extractos de películas, sobre todo del Hollywood clásico, se mezclan con la realidad del trío protagonista, jóvenes cinéfilos empedernidos que charlan sobre cine y juegan a imitar escenas, a veces incluyendo un “castigo” si uno de ellos no acierta a recordar el título de la obra que se representa. Es también una película de espíritu rebelde que reflexiona sobre la juventud, la sociedad y la hipocresía. Refleja la agitación que se vivía en las calles de París, tomadas por un número cada vez mayor de manifestantes -en su mayoría estudiantes y obreros- cuyas protestas llegaron a poner en jaque al gobierno francés -lo compara uno con la realidad española en plena dictadura de Francisco Franco, aliado durante la II Guerra Mundial de Adolf Hitler y Benito Mussolini y se echa a reír, por no llorar-. Este tiempo convulso no solo sirve de contexto para la inusual relación que mantienen unos protagonistas que se autodescubren con el paso de los días, también (como en el recuerdo del cine) es una mirada nostálgica por parte de Bernando Bertolucci a una manera de vivir, sentir y pensar.

‘Dreamers’ es una historia de amor y sexo. Libre, puro, amorfo, al margen de convenciones y esquemas sociales. Matthew, un tímido estudiante norteamericano maravillado con el estilo de vida parisino, habla de amor cuando conoce a sus dos nuevos amigos, los hermanos Isabelle y Theo, con los que siente una conexión especial. Confirmada cuando éstos le invitan a quedarse con ellos mientras sus padres están de viaje; un pequeño accidente durante la cena, ralentizado por Bertolucci para dotarlo de significado, anticipa lo que va a ocurrir entre los muchachos… Matthew no tarda en entregarse por completo a los caprichosos juegos y deseos de los hermanos, al descubrir que sus sentimientos hacia Isabelle son correspondidos (a su manera). Sin embargo, los profundos y turbadores lazos fraternales que la unen con Theo suponen una barrera para Matthew, que al adquirir confianza tratará de imponer su punto de vista, provocando la fractura del peculiar equilibro creado en ese refugio que los protege del exterior. Es una pena que Bertolucci no sea coherente con el camino trazado y solo insinúe la atracción física entre los dos chicos, cuando en el guion escrito por Adair había escenas homosexuales. Dice el director que no las rodó para no sobrecargar el film. Sin embargo, no pensó lo mismo sobre los desnudos de Eva Green. No me quejo, conste, pero la excusa es absurda.

El mayor defecto que percibo en ‘Soñadores’ es que Bertolucci, cautivado por el compromiso y la naturalidad de los tres protagonistas (y el físico de la muchacha), se recrea con ellos y opta por dejarlos actuar delante de la cámara, buscando capturar detalles espontáneos irrepetibles que conviertan la película en una experiencia única. En cierto modo lo consigue, hay planos que solo asociamos a este film. Pero, sobre todo en un segundo visionado, notas lo repetitivo que resulta el relato, la inverosímil mecánica de algunas conversaciones o los forzados conflictos para desarrollar la relación triangular. Sin embargo, no es nada fácil conseguir que el espectador crea, aunque solo sea por un instante, que está observando la vida de personas auténticas… Bernardo Bertolucci (Parma, Reino de Italia; 16 de marzo de 1941-Roma, Italia; 26 de noviembre de 2018)​ fue un director de cine y guionista italiano, entre cuyas películas se incluyen ‘El conformista’, El último tango en París’, ‘Novecento’, ‘El último emperador’ -por la cual ganó el Óscar al mejor director y el Óscar al mejor guion adaptado-, ‘The Sheltering Sky’, ‘Belleza robada’ y ‘Soñadores’. En reconocimiento a su trabajo, fue galardonado con la primera Palma de Oro honoraria en la ceremonia de inauguración del Festival de Cannes 2011… Las películas de Bertolucci son a menudo muy políticas. Era un marxista profesante y, como Luchino Visconti, que de manera similar contrató a muchos artistas extranjeros a fines de la década de 1960, Bertolucci utilizó sus películas para expresar sus puntos de vista políticos; de ahí que sean a menudo autobiográficas y altamente controvertidas. Sus películas políticas fueron precedidas por otras reevaluando la historia. ‘El conformista’ (1970) criticó la ideología fascista, abordó la relación entre la nacionalidad y el nacionalismo, así como las cuestiones del gusto popular y la memoria colectiva, todo en medio de un complot internacional de Benito Mussolini para asesinar a un profesor de filosofía políticamente izquierdista en París. ‘Novecento’ también analiza la lucha de izquierda y derecha. El 27 de septiembre de 2009, Bertolucci fue uno de los firmantes del llamamiento al gobierno suizo para liberar a Roman Polanski, quien estaba detenido mientras esperaba ser extraditado a los Estados Unidos. En Twitter, el 24 de abril de 2015, Bertolucci participó en #whomademyclothes, la campaña antiexplotación que conmemora el colapso del edificio Savar 2013, el accidente más letal en la historia de la industria de la confección. Un bloque de ocho pisos se derrumbó en Savar, un distrito de Daca, capital de Bangladés. Al menos 1.127 personas murieron​​ y otras 2.437 resultaron heridas…

Donald Trump es directo. Entra en cualquier discusión sin preámbulos. Corto y duro. Las presentaciones le aburren. Odia los informes largos. Nada de circunloquios. Todo tiene que ser rápidamente metabolizado. Una estrategia política cabe en un tuit, un acuerdo en una conversación. No hay nada que no pueda ser reducido, compactado, exhibido. Por eso ama Twitter. Y aún más la televisión. Frente a la pantalla pasa, según las reconstrucciones más rigurosas, un mínimo de cuatro horas diarias. Le gusta especialmente la extraplana que hizo instalar en el comedor, y cada mañana lo primero que ve es el conservador Fox and Friends. A partir de ahí empieza a escudriñar, no ya lo que ocurre en el mundo sino lo que el mundo piensa de él. Y si algo no le gusta, brama. Y cuando brama, a nadie se le escapa. Su gabinete, sus generales, sus adversarios, el orbe entero lo descubre al instante. Es ya una liturgia. De lunes a viernes, a eso de las seis de la mañana, a veces con un big mac en la mano y una coca-cola light esperando, Donald Trump lanza su metralla en Twitter. Lo hace, según los medios estadounidenses, desde la cama, en pijama y casi siempre solo. La intimidad es algo sagrado para él. No comparte habitación con su esposa Melania y desde que llegó al 1600 de Pennsylvania Avenue exigió, en contra del servicio de seguridad, colocar una cerradura en su puerta. Ahí dentro, con la televisión encendida y el móvil en la mano, el antiguo rey de la telerrealidad se crece.

Puede ser una amenaza al juez que ha paralizado su veto migratorio, un ataque a los medios críticos, una acusación de espionaje a Barack Obama, un insulto sangrante a la presentadora Mika Brzezinski, otro a un jugador negro de fútbol americano, un indulto al sheriff racista Joe Arpaio, una invectiva al alcalde musulmán de Londres en pleno atentado terrorista… El presidente dispara tuits como si estuviera en una caseta de feria. Incansable, ha apretado el gatillo más de 2.300 veces. Los fake news (bulos), Corea del Norte, Rusia, Hillary Clinton y México ocupan los primeros lugares. Son sus obsesiones y también un fresco que le retrata con nitidez.

Trump, ante todo, se fía de sí mismo. Poco importa que jamás haya ocupado cargo político alguno. Si ponen en duda su equilibrio mental o su solvencia, responde que es “un genio”. Si le afean su edad, fulmina a su interlocutor, como hizo con el líder norcoreano Kim Jong-un, llamándole “gordo y bajo”. Es un mecanismo previsible. No duda, no calla, no transige. Y cuando percibe una amenaza, embiste. “Si alguien te ataca, le atacas de vuelta diez veces. Así, al menos, te sientes a gusto”, proclamaba cuando impartía clases sobre cómo triunfar en los negocios. Es posible que este juego feroz le deparase éxitos en su época de tiburón inmobiliario. Pero desde que el 20 de enero de 2017 cruzó el umbral de la Casa Blanca, hace temblar al mundo. “Su autoestima supone un riesgo. Cuando se siente agraviado, reacciona impulsivamente, construyendo una historia autojustificativa que no depende de los hechos y que siempre se dirige a culpar a otros”, ha escrito Tony Schwartz, el hombre que fue su sombra durante más de un año y que coescribió ‘The art of the deal’ (El arte del trato), el bestseller autobiográfico de Trump. Esta tendencia se ha agudizado. Quienes creyeron que su investidura le iba a domesticar, se equivocaron. A sus 74 años -cumplió años el pasado 14 de junio-, con cinco hijos, nueve nietos, 500 empresas y una fortuna superior a los 3.500 millones de dólares, Trump sigue salvaje y suelto.

“Es peligrosamente inestable para alguien que tiene la responsabilidad nuclear. No soporta la crítica ordinaria y muchas de sus respuestas tienden a mostrar un comportamiento violento”, explica Bandy X. Lee, profesora de la Escuela de Medicina de Yale, quien levantó una enorme polvareda en EE UU al pedir con otros 27 psiquiatras que se le practique de forma urgente un examen mental. Se trata de un solicitud que, pese a ser minoritaria y carecer del apoyo de la Asociación Americana de Psiquiatría, ha llevado a un grupo de parlamentarios, todos demócratas menos uno, a citarse con la profesora Lee. Detrás de la reunión estaba el afán de golpear de la oposición, pero también la perplejidad que genera la conducta del presidente. Educado por un padre implacable, Trump vive en continúa tensión. A diferencia de su hermano mayor, que murió alcoholizado a los 42 años, él resistió. “Me metieron en los negocios muy joven; mi padre me intimidaba como a todo el mundo, pero permanecí a su lado y me granjeé su respeto. Nuestra relación era de casi empresarial”, escribió en ‘The art of the deal’.

La profesora de Harvard Theda Skocpol ha pasado meses investigando en los condados que, como Luzerne, se volcaron en Trump en 2016. A su juicio, los demócratas están recuperando terreno en zonas suburbanas a nivel nacional, incluido entre mujeres republicanas y demócratas, moderados, de perfil empresarial, como se vio en 2018. Algo similar espera en 2020, en sitios clave como Pensilvania, Wisconsin o Michigan, pero Trump resiste en aquellos con “tensiones por la inmigración”. En Miami y la Florida hay una comunidad cubana, de extrema derecha, que canaliza sus rencores hacia el Gobierno socialista de La Habana, apoyando la política de nacionalismo de supremacismo blanco de Trump. Los ‘anticastristas’ a cambio de su apoyo militante, que siga aumentando su bloqueo sobre la isla, donde viven sus propios familiares. No les importa que las medidas afecten a la ciudadanía cubana. “Deben sufrir y pasar calamidades mayores para que se levanten contra los comunistas…”. Es la estrategia del sufrimiento como quisieron implantar en las sociedades europeas grupos extremistas de derecha e izquierda para alcanzar sus ‘revoluciones’… Se olvidaron que las sociedades socialdemócratas y de otras familias ideológicas como la demócrata cristiana, liberal, nacionalistas… implantaron tácticas que lograron aumentar los niveles de bienestar de vida, la redistribución de la riqueza mediante la Educación, y el aumento de las clases medias. La fórmula mágica se llama capitalismo social. Entre los cubanos miamenses que no viven a pegados a las televisoras y a los programas de youtubers, donde mezclan el humor criollo y consignas políticas donde se refieren a los gobernantes de España o México, por ejemplo, como si fueran los mismísimos José Stalin, Vladimir Illich Lenin o Leon Trotsky… Uno pudiera pensar que estos análisis formaran parte de guiones de un nuevo Teatro Bufo, un género popular, de estilo mixto, satírico y musical, emparentado con la zarzuela, el sainete, la parodia… del Miami de este convulso 2020. Sin embargo, hay otros segmentos de la ‘Pequeña Habana’ que no tienen tiempo para participar en caravanas pro Donald Trump, apostando por una mejora en las relaciones entre dos países vecinos como son Cuba y Estados Unidos. Un deseo mayoritario en México y España.

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