Leonard Cohen y Federico García Lorca, “Amor Brujo”

EL BESTIARIO

España y México no se olvidan del cantautor canadiense, quien se ‘naturalizó’ andaluz con el “Verde te quiero verde” del poeta más importante de la literatura española en el siglo XX, Federico García Lorca, asesinado en Granada, el 18 de agosto de 1936, apenas un mes después de iniciada la Guerra Civil, tras el golpe de Franco…

Por Santiago J. Santamaría Gurtubay

Leonard Cohen, nacido en la fría Montreal, vivió su vejez en Los Ángeles, donde murió un 10 de noviembre del 2016, a los 82 años, tras presentar su último disco, ‘You want it darker’, en un evento en la residencia del embajador de Canadá. Acudieron periodistas de todo el mundo a los que saludó diciendo: “Amigos, muchas gracias. Algunos habéis venido de muy lejos y os lo agradezco. Otros habéis atravesado Los Ángeles en coche. Se tarda más o menos lo mismo. Gracias también”. Unos días antes, había avisado al mundo de que se sentía cerca de la muerte: “Estoy preparado para morir”, dijo en una entrevista con el director de The New Yorker que dio la vuelta al mundo; en aquella presentación quiso quitar hierro al asunto: “Me pongo dramático de vez en cuando, espero que podamos hacer esto otra vez, me propongo vivir 120 años”, fue la última sonrisa de Cohen en público… Esta pasada semana, el 21 de septiembre, en ciudades de todo el mundo, no pasó desapercibido el que hubiera sido su 86 cumpleaños.

Conmueve recordar que al recibir el Premio Príncipe de Asturias de manos de un ahora Rey, Felipe VI, el cantautor y poeta canadiense evocó -como Albert Camus al llegar al Nobel- las notas y acordes que le enseñó un viejo maestro de guitarra en una sola sesión. Fue única clase de guitarra con aquel maestro que se suicidó en el misterio antes de que éste pudiera tomar una segunda clase y, sin embargo, al paso de los años el discípulo llegaría a recibir no sólo el prestigiado premio de Oviedo sino el reconocimiento y admiración de millones de devotos seguidores que hoy intentamos rendirle homenaje. Es curioso que en aquel discurso en Asturias, Leonard Cohen evocase a un maestro fugaz y efímero y armara con palabras recitadas como en soneto un homenaje a la guitarra española, su primera guitarra de veras con la evocación del olor de cedro y la nobleza que resuena en ciertas pijas de cerezo. Por delante de la pluma, la tinta o el papel, el poeta que desfilaba por la alfombra roja de Oviedo rendía gratitud a la guitarra.

Sucede que, en realidad, es difícil cuadricular un retrato fiel de Leonard Cohen. Antes de grabar su primer disco ya era un autor publicado (con cuatro poemarios, entre los que destaca el titulado ‘Flores para Hitler’ de 1964, y dos novelas). Se dice que cuando Cohen aterrizó en el los bajos de Manhattan en esa década psicodélica que se abría con los aullidos que quedaron de los años cincuenta y florecía con todas las utopías que prometían los sesentas, muchos de los ya consagrados cantautores del escenario policultural y libertario de Greenwich Village no sólo lo habían leído, sino que lo memorizaban en madrugadas flotantes, canciones hipnóticas y paseos interminables que poco a poco contribuyeron para convencer a Leonard Cohen para que sustituyera la pluma por la guitarra, o por lo menos, que se convenciera de que su sustento y gloria quedaban mejor garantizados con canciones que con poemas cuya música no siempre encuentra eco en la lectura silenciosa de los pocos afortunados que compraban sus libros.

A los ochenta y dos años de edad, Cohen podía presumir en su pasaporte que ha sido apóstol imbatible de toda la obra de Federico García Lorca, que incluso su hija se llama Lorca Cohen y que ha sembrado no pocos versos -ya en canción o en poema de música callada- en la memoria de muchos que sincronizan con el luminoso recuerdo de un hombre enamorado en una isla de Grecia que todos los días le canta -de palabra o con la mirada- a una mujer hermosa, que no necesita ver para mirarla entre las cosas del mundo, que no requiere escucharla para oírle su alma y que, al final, no exigía llevar siempre a su lado porque ya se le había vuelto inmortal. Es el poeta que le da gracias a Marianne y el navegante postrado ante Suzanne, que huele a naranjo-flor de azahar y al mismo tiempo el juglar que juega con la rima, en una suerte de escalera fonética que le permite invitar al lector o al que escucha sus canciones en una travesía de sílabas, rimas, sentencias, axiomas, declaraciones y limmericks que son fiesta de imagen y celebración de palabra.

Voz cavernosa, para algunos no la mejor para cantar; mirada fija bajo el ala de un sombrero y el mapa de su cara como topografía palpable de toda una vida de versos vividos. El ritmo parece emanar de las palabras y casi siempre agarra una velocidad melodiosa de vals antiguo o del tipo de murmullos que acostumbran los secretos. Se abre el telón de la madrugada y el joven que nos dejó este jueves parece poner en boca de todo atrevido la receta admirable que debería volverse credo: “Si lo que quieres es un amante/Haré cualquier cosa que me pidas/Y si acaso buscas otro tipo de amor,/me pondré una máscara para ti/Si lo que buscas es una pareja, toma mi mano/y si lo que quieres es tumbarme con un golpe de ira/ aquí estoy plantado… I’m your man”.

No resulta fácil encontrar en Montreal discos de segunda mano de Leonard Cohen, menos aún libros. Hallar vinilos o primeras ediciones ya es casi imposible. Hay una razón simple para ello: la gente no se desprende a la ligera de sus cosas de Cohen. Así son los ‘cohenitas’, personas que custodian su colección como un tesoro insustituible. Es un afecto que tiene que ver más con el agradecimiento que con la mitomanía. Citamos para nuestros adentros versos o fragmentos de canciones que tienen en nosotros un efecto paliativo que no se da en ningún otro cantante. Todos somos capaces de dar la brasa durante horas al incauto que se nos ponga por delante especulando sobre el significado de tal o cual línea o llamando su atención sobre el delicioso paladeo del verso. Todos recordamos el momento en que una canción de Cohen apareció en nuestra vida: algo radicalmente distinto de cuanto habíamos escuchado, a una distancia estratosférica.

En mi caso fue un descubrimiento tardío, poco antes de terminar la carrera de Ciencias de la Información, durante un curso que pasé en Francia. En la filmoteca de Dijon veía ‘Land of Plenty’, una cinta de Wim Wenders cuya trama he semiolvidado, aunque sí recuerdo que trataba la decadencia de Los Ángeles a través de la mirada de una muchacha que regresa tras ser misionera en Oriente Medio. Durante una secuencia cenital de la ciudad de noche, comenzó a sonar una melodía sencilla creada por un sintetizador, y una voz grave, abacial, envolvente, doblada por una segunda voz femenina. Provenía, tal y como decía la letra, de las “cavernas del corazón”. Recuerdo con nitidez un sentimiento de tranquila euforia y de acuerdo íntimo con lo que esa voz me estaba diciendo. La canción era ‘Land of Plenty’, cuyo título Cohen prestó a Wenders para su película. Luego he comprobado que en esa canción, no de las más conocidas, están todos los temas de Cohen, que tiene una facilidad pasmosa para repetirse constantemente a lo largo de su cancionero, aunque ninguna canción llegue a parecerse a otra, y todas tengan una dignidad y una profundidad propia e inolvidable.

Unas de las cosas que se descubren, no sin pasmo, tras muchas horas de vuelo con la música de Leonard Cohen es que, en realidad, Cohen no tiene canciones de amor. De amor romántico, quiero decir. Prueben a buscar una canción de pérdida. No la encontrarán. En Cohen el amor es ora sensual, erótico, variaciones sobre el sempiterno tema del cuerpo desnudo de la mujer, ora cósmico, sanador, trasunto de la gracia de Dios. No es seguro que Cohen haya conocido nunca el desgarro por la pérdida o rechazo de una mujer en concreto. Incluso la bellísima ‘Alexandra Leaving’ no es una canción de pérdida, sino de serena aceptación de la pérdida. Al menos, en la biografía de 800 páginas de Sylvie Simmons que acaba de aparecer en España,‘Soy tu hombre. La vida de Leonard Cohen’, Cohen sale siempre caminando de sus relaciones, sin trauma o secuela. De hecho, llama la atención el aparente desdén que imprime a algunas canciones o poemas en las que relata lances de amor.

En política, pasa algo parecido a lo que ocurre con las mujeres: Cohen no se casa con ninguna. A mi tesis de que el cantautor de Montreal no tiene canciones de amor, en el sentido más convencional (con la excepción quizá de la estupenda ‘Coming back to you’), añado ahora que tampoco tiene canciones protesta. Esta segunda aseveración quizá resulte menos controvertida que la primera. En las 800 páginas de la biografía de Simmons no hay nada parecido a un pronunciamiento político, más allá de un dudoso arrebato sionista con ocasión de la guerra del Yom Kippur, que llevó a Cohen a querer alistarse en Tsahal y en la que más modestamente terminó cantando en el desierto del Sinaí para soldados israelíes. Pero el judaísmo en Cohen, que es auténtico y vivido, no es expresión de una creencia religiosa fuerte, sino un venero inagotable de imágenes literarias, que alcanzan su gloria en canciones como ‘Who by Fire’ y ‘Hallelujah’. Tampoco es fácil, curiosamente, oír lo que Cohen tenga que decir sobre la sempiterna querella entre Quebec y el Canadá inglés al que él pertenece. Proviniendo de una conocida familia judía y anglófona de Montreal, Cohen tenía muchas papeletas para caer mal en su provincia natal. En el imaginario del nacionalismo quebequés Cohen forma parte de “les autres“. Nacidos en Quebec, los anglófonos de Montreal no se dicen quebeckers, sino montrealers y nadie piensa en Cohen, seguramente él tampoco, como en un cantante quebequois.

Pero al contrario de otros escritores judíos de Montreal (viene al recuerdo el gran Mordecai Richler) Cohen no parece haber perdido el sueño por las trifulcas identitarias en su país natal. Le envidiamos por ello. Hay tantas cosas interesantes en las que pensar que embarrarse en peleas nacionalistas es una desagradable pérdida de tiempo (aunque alguien tenga que hacerlo). Cohen hablaba, no muy bien, francés, canta ocasionalmente en esa lengua, y es apreciado en Quebec, pero está lejos de ser un ídolo en la ciudad de la que es, de largo, el munícipe más célebre en todo el mundo. No, Cohen no parece haberse implicado mucho en los debates terrenales de su época. Pero no puede decirse que le fuesen indiferentes. Puede que sus canciones más políticas, en un sentido amplio, sean ‘The Future’ y ‘Democracy’, que forman un buen contrapunto dentro del mismo álbum.

Ambas se apoyan de alguna manera en un mismo suceso: los disturbios de Los Ángeles de 1992. Se recordará el caso: tras la absolución de cuatro policías blancos que habían propinado una paliza a un chaval negro, miles de angelinos, negros y latinos, todos ellos desheredados, muchos organizados en bandas, se echaron a la calle de manera violenta, quemando, destrozando, saqueando y asesinando. Unas sesenta personas murieron en una de las revueltas de esclavos más brutales del siglo XX. Cohen vivió todo ello desde la ventana de su casa en Los Ángeles. Las imágenes apocalípticas de ‘The Future’ (I’ve seen the future brother: it is murder. He visto el futuro hermano: es el crimen) fueron inspiradas por esos sucesos. En ‘Democracy’, esa canción eufórica y brillante, la profecía (otro rasgo levítico) es portadora de buenas nuevas. Se puede decir que si ‘The Future’ anticipaba el 11-S, ‘Democracy’ vislumbra el advenimiento de Baracak Obama.

Curiosa y entrañable la relación de Leonard Cohen con los españoles. Leyendo la biografía de Simmons se tiene la impresión de que lo más importante que le pasó al joven Leonard provino de España. Esta conmovedora historia del español desconocido que le dio lecciones de guitarra, por ejemplo. Tendría unos quince años cuando paseaba junto a unas pistas de tenis y se sintió atraído por una música que venía del centro de un corro de chicas. Alguien tocaba la guitarra, alguna melodía romántica. Cohen quedó prendado, quizá no tanto de la música, como de su capacidad para tener imantadas a las chicas. Al desbandarse el grupo, Cohen se acercó y preguntó al guitarrista si podía enseñarle a tocar así. Se medioentendían en un francés chapurreado. El hombre resultó ser español (algunas fuentes dicen que agitanado, las más fantasiosas, ciego).

Al cabo de unos días se citaron en la casa familiar de Cohen en el bonito barrio de Westmount. El español le acomodó la guitarra en el regazo y le pidió que tocara algo. Cohen obedeció. El español tomó la guitarra y ajustó las clavijas para afinarla. Luego le enseñó una progresión de seis acordes y le pidió que los practicara; así hizo el joven Cohen toda una semana. Para la siguiente clase ya era capaz de pisar con firmeza las cuerdas. En la tercera aprendió el trémolo. A la semana siguiente el español no acudió a la cita. Leonard preguntó en el albergue donde sabía que se hospedaba. Se había suicidado. Cohen ha referido esta historia alguna vez; quizá la versión más detallada la diera durante la entrega del Premio Príncipe de Asturias de las Letras: es una alocución emocionante que puede verse aquí. Dice Cohen (que no se acuerda del nombre de su enigmático profesor o se lo guarda para sí) que esos seis acordes que aprendió de su profesor español están en la base de todas sus canciones, lo que parece una deferente exageración pero no falso del todo. La verdad es que es una historia fantástica: tiene algo de viejo relato sapiencial, mesopotámico. Ahí está también la figura del santo o del místico que tanto obsesiona a Cohen. El documentalista o reportero tiene un buen material: yo empezaría hurgando en los archivos del Consulado de España en Montreal, por si obrase la partida de defunción de ese anónimo español al que todos debemos tanto.

Mientras escribo esta columna de EL BESTIARIO para EL DESPERTADOR como postal de felicitación para Leonard Cohen, no he podido dejar de oir el LP de vinilo de 1974, ‘New Skian fot the old ceremony’ y sus 13 canciones: ‘Is this what you wanted’, ‘Chelsea hotel # 2’, ‘Fiel commander’, ‘Why don’t yoy try’, ‘There is a war’, ‘A singer must die’, ‘I tried to leave you’ ‘Who by fire’, ‘Take this longsing’, ‘Leaving green sleeves’… y ‘Lover lover lover’. CBS S.A., instalado en España, en la calle Princesa 1, en Torre de Madrid, nos advertía que “este disco estéreo de Leonard Cohen puede ser también reproducido en un tocadiscos monoaural”. Este ‘New skin for the old ceremony’ conlleva una transformación musical respecto a los anteriores trabajos de Leonard Cohen, puesto que aparecen por primera vez instrumentos como el banjo, la mandolina, las percusiones o el violín. En cuanto al contenido, cabe destacar ‘Chelsea Hotel # 2’, que estaba dedicada a Janis Joplin. La portada era una reproducción de un grabado del Siglo XVI, donde se veía a dos ángeles haciendo el amor en pleno vuelo. En España fue censurada con un ala postiza tapando los cuerpos de los ángeles. El dictador Francisco Franco tardó en morir y no lo hizo hasta el 20 de noviembre de 1974. El disco era el regalo que me había elegido y comprado con antelación mi padre Jacinto, para el 18 cumpleaños, apenas medio siglo atrás… No pudimos oírlo juntos, pues falleció apenas 36 días antes. ‘Nueva piel para la antigua ceremonia’.

Hay otro español al que Cohen admira y debe gratitud eterna. Esta vez, no era un anónimo guitarrista flamenco, que vivía en del umbral de la pobreza, hasta que el maestro Paco de Lucía, logró que estos acompañantes de los cantaores como Camarón de la Isla, fueran reconocidos por su saber hacer. El nombre del andaluz que impresionó también a Leonard era bien conocido: Federico García Lorca. Cuando empezaba el de Montreal a emborronar cuartillas notaba que los versos le salían extraños o impropios. No había encontrado una voz: su voz. Hasta que encontró a Lorca. Transcribo sus propias palabras, sacadas de dos de las muchas ocasiones en las que lo ha explicado, en el escenario y fuera de él. “Aquí no tendría que explicar cómo me enamoré del poeta Federico García Lorca. Tenía 15 años y vagaba por las librerías de Montreal cuando tropecé con uno de sus libros; lo abrí y mis ojos vieron estas palabras: ‘Por el arco de Elvira/voy a verte pasar/para sentir tus muslos/y ponerme a llorar’. Pensé: esto es lo que quiero para mí… Volví a leer ‘Verde que te quiero verde’. En otra página: ‘porque me arrojará puñados de hormigas’. Y en otra página: ‘sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos’. Sabía que había encontrado mi hogar. Así que hoy, con inmensa gratitud, puedo saldar mi deuda con Federico García, al menos una esquina, un fragmento, una migaja, un electrón de mi deuda, dedicándole esta canción, una traducción de su poema, Pequeño Vals Vienés, Take this Waltz”.

Cohen no exagera su amor por el poeta granadino. Llega al punto que llamó a su hija Lorca. Lorca Cohen. Un nombre poderoso donde los haya. ‘Take this waltz’, por cierto, es una joya de canción, y un ejemplo perfecto del trabajo de un traductor de poesía. Cohen sabe qué palabras escoger, qué elementos descartar, qué equivalencias pueden funcionar, dónde ser literal y donde no intentar serlo. Aquí se pueden cotejar los dos textos. En mi opinión, lo único objetable de la versión de Cohen es que mejora a Lorca. (Otro trabajo fantástico de volcado poético lo hizo Cohen en ‘Alexandra Leaving’, esta vez sobre un poema de Constantin Kavafis, ‘Los dioses abandonan a Alejandro’, que a su vez trabajaba sobre un tema de Plutarco…). En España se ha rendido tributo a Cohen en numerosas ocasiones. Enrique Morente, que llegó a ser un buen amigo del cantante, tuvo unas visiones flamencas de ‘First we take Manhattan’, ‘Hallelujah’ y alguna más en su álbum ‘Omega’. Y en el disco homenaje ‘Acordes’ con Leonard Cohen hay acertadas versiones de ‘Famous Blue Raincoat’ y de ‘Chelsea Hotel #2’ debidas a Christina Rosenvinge y Jabier Muguruza respectivamente. Ambos consiguen que la letra funcione en castellano.

Federico García Lorca (Fuente Vaqueros,​ Granada, 5 de junio de 1898 – camino de Víznar a Alfacar, Granada, 18 de agosto de 1936) fue un poeta, dramaturgo y prosista español, conocido por su destreza en muchas otras artes. Adscrito a la generación del 27, fue el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Murió fusilado por las autoridades franquistas. Nació el 5 de junio de 1898 en el municipio granadino de Fuente Vaqueros, en el seno de una familia de posición económica desahogada, y fue bautizado como Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca;​ su padre fue el hacendado Federico García Rodríguez y su madre, Vicenta Lorca Romero, segunda esposa de su padre, maestra de escuela que fomentó el gusto literario de su hijo. Su primera casa, en Fuente Vaqueros, es un museo. En 1909, cuando tenía once años, la familia se mudó a la ciudad de Granada. En su adolescencia, se interesó más por la música que por la literatura, estudió piano con Antonio Segura Mesa y entre sus amigos de la universidad lo conocían más como músico que por escritor novel. En 1914 se matriculó en la Universidad de Granada para estudiar las carreras de Filosofía y Letras y de Derecho. Durante esta época, el joven Lorca se reunía con otros jóvenes intelectuales en la tertulia ‘El Rinconcillo’ del café Alameda.

En la Universidad recibió clases de Martín Domínguez Berrueta, profesor de Teoría de la Literatura y de las Artes, el cual llevó a Lorca y a sus compañeros de viaje por Baeza, Úbeda, Córdoba, Ronda, León, Burgos y Galicia. Estos viajes por distintas partes de España fueron los que despertaron su vocación como escritor. De hecho, fruto de esto surgió su primer libro en prosa ‘Impresiones y paisajes’, publicado en 1918, una pequeña antología de sus mejores páginas en prosa sobre temas políticos y sobre sus intereses estéticos. En la primavera de 1919, varios de sus amigos de ‘El Rinconcillo’ se trasladaron a Madrid, y Lorca, gracias a la ayuda de Fernando de los Ríos, quien le ayudó a convencer a sus padres a seguir sus estudios en la Residencia de Estudiantes, no tardó en unirse a ellos. Así pasó el poeta a formar parte de esta institución. La Residencia de Estudiantes era en aquella época un hervidero intelectual, que acogió a figuras de la talla de Albert Einstein, John Maynard Keynes o Madame Curie, lo que influiría enormemente en la formación intelectual de Lorca. De esta forma, entre los años 1919 y 1926, se relacionó con muchos de los escritores e intelectuales más importantes de España, como Luis Buñuel, Rafael Alberti o Salvador Dalí y consiguió huir del tedio cultural provinciano, que odiaba, como escribió a su amigo el compositor Adolfo Salazar: Entre 1919 y 1921, Lorca publicó ‘Libro de poemas’, compuso sus primeras ‘Suites’, estrenó ‘El maleficio de la mariposa’ y desarrolló otras piezas teatrales. También durante esta etapa, gracias otra vez a la ayuda de Fernando de los Ríos, tuvo ocasión de conocer a Juan Ramón Jiménez, que influiría en su visión de la poesía y con el que llegaría a tener mucha amistad.

En mayo de 1921, Lorca volvió a Granada, teniendo así la oportunidad de conocer al maestro Manuel de Falla, que se había instalado en la ciudad en septiembre del año anterior. Su amistad les llevó a emprender varios proyectos en torno a la música, el cante jondo, los títeres, y otras actividades artísticas paralelas. Ese mismo año, Lorca escribió el ‘Poema del cante jondo’, obra que no se publicaría hasta diez años después. Esos años en Granada giraron alrededor de dos focos culturales: Falla y la tertulia de ‘El Rinconcillo’, reunida en el café Alameda. El 6 de enero de 1923, festividad de los Reyes Magos, Falla participó en una fiesta privada montada por Federico, Adolfo Salazar y Hermenegildo Lanz, dedicada a dos niñas de la familia, su hermana Isabel y Laura, la hija de Fernando de los Ríos.​ Se representó una adaptación lorquiana para títeres de cachiporra del cuento andaluz ‘La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón’, un entremés atribuido a Miguel de Cervantes y ‘El Misterio de los Reyes Magos’, un auto sacramental del siglo XIII, para el que Falla había colaborado en la composición de la música incidental. Aquel mismo año, Lorca y Falla trabajaron en una opereta lírica, Lola, la comedianta, obra que nunca terminaron.

En 1925 viajó a Cadaqués para pasar la Semana Santa en casa de su amigo Salvador Dalí. Esta visita y otra más larga en 1927 marcaron profundamente la vida y obra de ambos. Fruto de esta intensa amistad fue la ‘Oda a Salvador Dalí’, que se publicó en la Revista de Occidente en 1926. Además, fue el mismo Dalí el que animó al escritor a iniciarse en la pintura, consiguiendo que en 1927 presentase su primera exposición en las Galeries Dalmau de Barcelona. Por su parte, Lorca alentó a Dalí como escritor. El término ‘Generación del 27’ parte de la fecha de diciembre de 1927, cuando se reúnen varios poetas españoles en Sevilla, en un acto organizado por la Sociedad Económica de Amigos del País para conmemorar los trescientos años de la muerte de Luis de Góngora. Cabe destacar que esta reunión es el origen de lo que algunos llaman la Generación del 27 en la que se incluyen escritores como Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados. Este grupo se caracteriza por fundir las formas de la poesía tradicional (neopopularismo) con los movimientos de vanguardia; por tratar los mismos temas de una manera similar (la muerte en sentido trágico; el amor como fuerza que da sentido a la vida; preocupaciones sociales como la injusticia, la miseria, etcétera.), por el uso de la metáfora y la imagen…

Volviendo a la vida de Lorca, se puede decir que la etapa de 1924 a 1927 fue el momento en el que el escritor llegó a su madurez como poeta. Sin embargo, también es en esta época cuando Federico García Lorca vive, según sus palabras, “una de las crisis más hondas de mi vida”, a pesar de que sus obras ‘Canciones’ y ‘Primer romancero gitano’, publicados en 1927 y 1928 respectivamente, están gozando de gran éxito crítico y popular. Esta crisis fue provocada por varios acontecimientos en su vida. Por un lado, con el éxito del ‘Romancero gitano’, comenzó a verse a Lorca como costumbrista, defensor de los gitanos, ligado al folclore andaluz. Este se quejaba en una carta a Jorge Guillén diciendo: “Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me va echando cadenas”. Recibió las duras críticas de Salvador Dalí y Luis Buñuel sobre el ‘Romancero gitano’. A pesar de esto, Lorca siguió trabajando y comenzando nuevos proyectos, como la revista Gallo de la que solo se publicaron dos números o la obra ‘Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín’, la cual intentó estrenar en 1929 pero fue prohibida por la censura de la Dictadura de Primo de Rivera.

En la primavera de 1929, Fernando de los Ríos propuso a Lorca que le acompañase en su viaje a Nueva York. Este aceptó viendo la oportunidad de aprender inglés, cambiar de vida y renovar su obra. Se embarcaron en el Olympic -buque hermano del malogrado Titanic- a principios de junio de 1929 y llegaron el 26 de junio a Nueva York. Él mismo describió su estancia en dicha ciudad estadounidense como “una de las experiencias más útiles de mi vida”. Describió a la ciudad como un lugar “de alambre y muerte” y se vio sorprendido por la economía capitalista y el trato a los negros. Según él, Estados Unidos era “una civilización sin raíces”. “Los ingleses han levantado casas y casas, pero no han ahondado en la tierra”. Volcó sus impresiones en ‘Poeta en Nueva York’, que no se publicó hasta cuatro años después de su muerte. En su trabajo Lorca buscó expresar “la esclavitud dolorosa del hombre y máquina juntos” en una ciudad a la que denominó como “geometría y angustia”. En marzo de 1930 dejó Nueva York para viajar a la ciudad de La Habana en Cuba, donde exploró la cultura y la música cubana y trabajó en nuevos proyectos como ‘El público’ y ‘Así que pasen cinco años’. En junio de 1930, Lorca ya estaba en Madrid.

Con la instauración de la Segunda República Española en abril de 1931, comenzó una nueva etapa para Lorca. Junto a Eduardo Ugarte, el escritor granadino codirigió La Barraca, un grupo de teatro universitario​ que representó obras teatrales del Siglo de Oro (Calderón de la Barca, Lope de Vega, Miguel de Cervantes) por ciudades y pueblos de España. Financiado por el Ministerio de Educación que dirigía el socialista Fernando de los Ríos, tuvo por primera vez en sus manos un proyecto propio. El estallido de la Guerra Civil Española frustraría el empeño. En 1933 la compañía de Lola Membrives estrenó en Buenos Aires ‘Bodas de sangre’ con un gran éxito popular. Por ello, Lorca recibió la invitación de Membrives y de su marido para viajar a esa ciudad argentina. Allí, consiguió triunfar profesionalmente y, gracias a esto, consiguió su independencia económica. A lo largo de los seis meses que permaneció en Buenos Aires, tuvo la oportunidad de dirigir ‘Bodas de sangre’, que fue representada más de ciento cincuenta veces; ‘Mariana Pineda’, ‘La zapatera prodigiosa’, ‘El retablillo de don Cristóbal’ y una adaptación de ‘La dama boba’ de Lope de Vega. También durante este tiempo tuvo la ocasión de dar varias conferencias y de hacer nuevas amistades, como Pablo Neruda, Juana de Ibarbourou, Ricardo Molinari, Salvador Novo y Pablo Suero.

Cuando García Lorca volvió a España en 1934, mantuvo un elevado ritmo creativo: terminó obras como ‘Yerma’, ‘Doña Rosita la soltera’, ‘La casa de Bernarda Alba’ y ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’; revisó obras como ‘Poeta en Nueva York’, ‘Diván del Tamarit’ y ‘Suites’; hizo un viaje a Barcelona para dirigir algunas de sus obras, recitar sus poemas y dar conferencias, visitó Valencia y siguió representando obras con La Barraca; organizó clubes de teatro… También tuvo una gran estadía en Montevideo (Uruguay), donde terminó de escribir un par de obras y tuvo contacto con los artistas locales, tales como Juana de Ibarbourou. No obstante, es también en este momento cuando en España se empieza a vivir una época de violencia e intolerancia. La situación política era insostenible. Estaba a punto de estallar la Guerra Civil Española. Colombia y México, cuyos embajadores previeron que el poeta pudiera ser víctima de un atentado debido a su puesto de funcionario de la República, le ofrecieron el exilio, pero Lorca rechazó las ofertas y se dirigió a la Huerta de San Vicente para reunirse con su familia. Llegó allí el 14 de julio de 1936, tres días antes de que estallara en Melilla la sublevación militar contra la República. Inicialmente, la situación en la capital granadina fue tranquila y no hubo ningún incidente. Sin embargo, el día 20, la guarnición militar se sublevó y en poco tiempo el centro de Granada estaba en poder de las fuerzas sublevadas. El cuñado de Federico y alcalde de la ciudad, Manuel Fernández-Montesinos, fue arrestado en su despacho del ayuntamiento. Sería fusilado un mes más tarde.​

En esos momentos políticos alguien le preguntó sobre su preferencia política y él manifestó que se sentía a su vez católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico. De hecho nunca se afilió a ninguna de las facciones políticas y jamás discriminó o se distanció de ninguno de sus amigos, por ninguna cuestión política. Conocía al líder y fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, muy aficionado a la poesía. Se sentía, como dijo al periodista y caricaturista Luis Bagaría en una entrevista para El Sol de Madrid poco antes de su muerte, íntegramente español, pero “antes que esto hombre del mundo y hermano de todos”. “Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”.

En Granada buscó refugio en casa de la familia de su amigo el poeta Luis Rosales, donde se sentía más seguro ya que dos de sus hermanos, en los que confiaba, eran destacados falangistas de Granada. A pesar de ello, el 16 de agosto de 1936, se presentó allí la Guardia Civil para detenerlo. Acompañaban a los guardias Juan Luis Trescastro Medina, Luis García-Alix Fernández y Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA, que había denunciado a Lorca ante el gobernador civil de Granada José Valdés Guzmán. Valdés consultó con Queipo de Llano lo que debía hacer, a lo que este le respondió: “Dale café, mucho café”. Según el historiador Ian Gibson, se acusaba al poeta de “ser espía de los rusos, estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario de Fernando de los Ríos y ser homosexual”.​ Fue trasladado al Gobierno Civil, y luego al pueblo de Víznar donde pasó su última noche en una cárcel improvisada, junto a otros detenidos. Después de que la fecha exacta de su muerte haya sido objeto de una larga polémica, parece definitivamente establecido que Federico García Lorca fue fusilado a las 4:45 de la madrugada del 18 de agosto, en el camino que va de Víznar a Alfacar. Su cuerpo permanece enterrado en una fosa común anónima en algún lugar de esos parajes, junto con el cadáver de un maestro nacional, Dióscoro Galindo, y los de los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, ejecutados con él.

Una de las obras más estremecedoras sobre el hecho de su muerte es el poema ‘El crimen fue en Granada’, escrito por Antonio Machado en 1937. En el otro bando, el periódico falangista de San Sebastián, Unidad, publicó el 11 de marzo de 1937, una sentida elegía firmada por Luis Hurtado Álvarez y titulada ‘A la España imperial le han asesinado su mejor poeta’. Una de las biografías sobre Federico García Lorca más documentadas, controvertidas y populares es el best-seller publicado en 1989 y titulado ‘Federico García Lorca: A life’ (Vida pasión y muerte de Federico García Lorca, edición en español en 1998), del hispanista de origen irlandés Ian Gibson. En 2009, en aplicación de la ley para la recuperación de la memoria histórica aprobada por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, se abrió la fosa donde supuestamente descansaban los restos del poeta, sin encontrarse nada…

El canadiense ‘naturalizado’ andaluz, Leonard Cohen, saboreó la gloria literaria, ha sido una estrella del rock. Ha gozado del cuerpo femenino, y mejor aún, de la amistad de las mujeres. Ha conocido las profundidades del cuerpo, ha subido al empíreo del éxtasis religioso; disciplinó su alma en el retiro del mundo, ha viajado al fondo de mil noches de amor en los hoteles; ha sido un hippy con clase en Hydra, ha sido él solo una generación beat. Ha dejado en la memoria del mundo su canción y ha llegado a viejo. Ha hecho un buen trabajo y lo sabe. Tantas tonterías que se dicen de Leonard Cohen: que si es depresivo y deprimente, que si sus canciones son demasiado tristes. Este hombre no era para nada un depresivo. Estas canciones, pienso, no son tristes. El secreto de Leonard Cohen es este: ha sido feliz. Y está celebrando ya con sus compadres poetas Federico García Lorca y Constantin Kavafis y el visionero flamenco Enrique Morente, su llegada a la eternidad. Creo que le debemos muchas cosas maravillosas a Leonard Cohen, quien con su poesía y guitarra nos acompañó en muchos de los momentos más importantes de nuestra vida.

‘El amor brujo’ es un ballet con cante jondo de Manuel de Falla; quizá sea su obra más conocida. Fue bastante criticada1​ el día de su estreno, que tuvo lugar el 15 de marzo de 1915 en el Teatro Lara en Madrid, por lo que se vio obligado a realizar algunos cambios. La versión posterior es considerada una de las obras más importantes de la música clásica española. En 1915, Falla transformó la primera versión para orquesta sinfónica en una de sus obras más importantes, con tres canciones cortas para mezzosoprano. Con ese formato, ‘El amor brujo’ triunfó como otras muchas obras de Falla. El argumento cuenta la historia de una muchacha gitana, cuyo amor se ve atormentado por su descreído antiguo amante. La obra es de carácter marcadamente andaluz, tanto en lo musical como en lo literario. La obra incluye las famosas ‘Danza ritual del fuego’, ‘Canción del fuego fatuo’ y ‘Danza del terror’. Una historia de hechizos, de brujería, donde el espectro del amante muerto de Candelas se le aparece celoso ante sus amores con Carmelo.

Candela, una mujer joven, muy bella y apasionada, ha amado a un gitano malvado, celoso y disoluto, pero fascinante y zalamero. Aunque vivió con él una vida de infelicidad, lo amó intensamente y lloró su pérdida, incapaz de olvidarlo. Los recuerdos de él son como un sueño hipnótico, un hechizo morboso, espantoso y enloquecedor. Candelas está horrorizada por el pensamiento de que el muerto no se haya ido del todo, que pueda volver y la siga queriendo a su manera feroz, ambigua, desleal e insidiosa. Incluso se permite a sí misma caer presa de los pensamientos del pasado, como la influencia de un Espectro, a pesar de que es joven, fuerte y vivaz. La primavera vuelve y, con ella, de nuevo el amor en la persona de Carmelo, un joven atractivo, enamorado y galante, que la corteja. Candelas no es reacia a ser conquistada, y corresponde a su amor de forma casi inconsciente, pero su obsesión por el pasado supera su inclinación presente. Cuando Carmelo se acerca a ella y se propone conseguir que comparta su pasión, el Espectro vuelve y aterroriza a Candelas hasta separarla de su amante. No pueden intercambiar el beso de amor perfecto.

En ausencia de Carmelo, Candelas languidece y se desploma; se siente embrujada y sus amores pasados parecen revolotear sobre ella como murciélagos malévolos de mal fario. Pero el sortilegio maligno se ha de romper y Carmelo cree haber encontrado un remedio. Una vez fue compañero del gitano cuyo espectro atormenta a Candelas. Sabe que el amante muerto era el típico galán, infiel y celoso. Puesto que parece conservar, incluso después de muerto, su querencia por las mujeres hermosas, se debe aprovechar esta debilidad para apartarle de sus celos póstumos y, así, Carmelo pueda intercambiar con Candela el beso perfecto, contra el cual nada podrá hacer el embrujo del amor. Carmelo convence a Lucía, una joven gitana guapa y encantadora, amiga de Candelas, para que simule aceptar los galanteos del Espectro. Lucía acepta por mor de su cariño hacia Candelas y también llevada por la curiosidad. La idea de coquetear con un fantasma le parece atractiva y novedosa. Además… ¡el muerto era tan divertido en vida! Lucía ocupa el puesto de centinela. Carmelo vuelve para cortejar a Candelas y el Espectro aparece para encontrarse con la encantadora gitanita y ni puede ni quiere resistir la tentación, incapaz de resistirse a los atractivos de una cara bonita. Corteja a Lucía engatusándola e implorándola, y la coqueta gitana casi llega a desesperarlo. Mientras tanto, Carmelo consigue convencer a Candelas de su amor y la vida triunfa sobre la muerte y el pasado. Por fin los amantes intercambian el beso que derrota la maligna influencia del Espectro, que perece vencido definitivamente por el amor.

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