Reflexiones desde el exilio Por Sergio Sastre

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El filósofo San Agustín planteaba un acercamiento a la felicidad mediante elementos eternos y que no dependan del tiempo.

El análisis de este concepto, lleva a destacar unas propiedades que se ajustan a esta idea y, podemos razonar, afectan a la felicidad de forma directa. Estos rasgos se pueden plantear de forma básica como: las experiencias, el conocimiento y la persona; que se enriquece por medio de los dos conceptos previos. Dicho de otra forma: nuestra felicidad depende de nosotros, de lo que sabemos y de lo que vivimos. Rigiéndose por esta premisa, se presenta de forma clara la importancia y la repercusión que puede tener la cultura en nuestras vidas.

La cultura en sus diversas formas, puede beneficiar a cada uno de nosotros en cierta medida. Ya sea por la vivencia que aporta el ver una obra de teatro, o el aprendizaje que se extrae de estudiar un artista clásico. Cualquier práctica de cultura genera una aportación a la fórmula sobre la felicidad previamente expuesta; y a pesar de esto, nos encontramos en una sociedad que no sólo no fomenta e incentiva una población culta, sino que además produce, que atender un evento de este carácter resulte para muchos inasequible.

Nos encontramos ante el eterno dilema de “¿es la cultura un lujo o una primera necesidad?”. Por su condición de subjetivo y de intangible, es casi imposible definir el arte en su totalidad. Sin embargo, podemos hablar de las sensaciones que nos genera y cómo nos transporta a un mundo pasmoso que suspende la razón y hace que nuestras inquietudes se desvanezcan. El arte es lo único que huye de los bienes básicos como son alimentarse o reproducirse para profundizar en lo que supone una existencia como ser humano, y lo hace desde una perspectiva estética y cautivante. A pesar de esto, se incentiva de forma mucho más rigurosa una sociedad sin sentido de revolución y que no cuestiona lo que se le plantea.

Resulta evidente que en ningún caso, un debate debe ser catalogado como “blanco o negro”, y sobre todo con un tema de esta ambigüedad. Ahora, a pesar de convivir en un mundo de naturaleza capitalista y superficial, yace cerca de lo evidente que el arte y la cultura deberían de tener un rol de mayor trascendencia en la sociedad actual.

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