EL BESTIARIO Santiago J. Santamaría

SANTIAGO J. SANTAMARÍA EL BESTIARIO

“La violencia no se resuelve con balazos”, insiste Salvador Cienfuegos, un general valiente

En una rueda de prensa “fuera de lo común”, para los periódicos internacionales, el secretario de Defensa de México, explicó que “el Ejército debe volver a los cuarteles y desempeñar las funciones que le corresponden”, que no son otros que la defensa de la nación…

 

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

 

No tuvo reparos en admitir ante los sorprendidos periodistas que el 2016 no ha sido un año nuevo para el país por los altos niveles de violencia e inseguridad y ha cuestionado el papel actual de sus tropas en el combate a estos problemas. El presidente de la República, el priista Enrique Peña Nieto, es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas, integradas por el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, tiene ahora la palabra, ante el “órdago” en este histórico jueves. “No pedimos estar aquí, no nos sentimos a gusto, no estudiamos para perseguir delincuentes, nuestra función es otra y se está desnaturalizando”, no se calló el jefe Cienfuegos. “No pedimos estar aquí, no nos sentimos a gusto, no estudiamos para perseguir delincuentes, nuestra función es otra y se está desnaturalizando”.

El titular de Defensa instó a los legisladores mexicanos a emitir un marco legal que atienda las necesidades de las Fuerzas Armadas para trabajar en cuestiones de seguridad interior. “Nuestros soldados ya se lo están pensando si le ‘entran’ por el riesgo de ser acusados de violar derechos humanos”, ha dicho. Cienfuegos también ha cuestionado a las autoridades estatales y municipales por no proteger al ciudadano de delitos cotidianos, a ras de calle, como los asaltos, las extorsiones y los homicidios. “La estrategia para combatir estos problemas debe coordinarse entre las instancias federales y locales, y el Ejército debe ocuparse de otras cuestiones”, ha precisado.

El Ejército realiza tareas de policía que “no es nuestra vocación, no nos sentimos a gusto haciendo funciones de policía”, aseguraba hace ahora más de un año el general secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos Zepeda, y añadía que en esta responsabilidad “los costos han sido altos, pero han valido la pena”, en una entrevista que concedió al periódico mexicano El Universal, el 29 de junio del 2015. De las palabras de este jueves, los militares ya no se sienten cómodos con el papel impuesto a ellos por el anterior presidente, el panista Felipe Calderón, ante su “guerra contra el narco”.

La tarea “está ordenada por el comandante supremo, que es el presidente de la República, pero estamos conscientes de que, de no hacerlo nosotros, en aquel momento, no había quién lo pudiera atender”, afirma ahora el general secretario, y habla clarito, al pan, pan y al vino, vino. “Necesitamos cuerpos policiacos más capacitados, mejor preparados, mejor armados, y que se les atienda. El tema se ha dejado de lado y que se requiere atender a los policías no nada más en la parte de la capacitación, sino de su seguridad social. Contando con buena seguridad social, los cuerpos de policía serán mejores y podrán atender a sus responsabilidades. A nosotros nos urge que esto se dé para que sean ellos los que asuman las tareas que legalmente les corresponden”.

El general reconoce que en esta tarea desempeñada por sus hombres y sus mujeres militares “hay un desgaste mediático, hay un desgaste de personal, de material, pero tratándose de nuestro país no es un costo que tengamos que poner en duda, habrá que seguir haciéndolo hasta el momento en que sea requerido”, pero insiste en traspasar el protagonismo a las fuerzas policiales. Cienfuegos Zepeda asegura y reconoce también que si el Ejército no hubiera intervenido “no podríamos asegurar cuál sería la situación del país. Si algo se ha avanzado en seguridad y en la contención del crimen y de los líderes de estas organizaciones criminales ha sido básicamente por la intervención de las Fuerzas Armadas”.

El general secretario pensaba, hace dieciocho meses, que todavía era difícil precisar cuándo el Ejército dejaría las funciones de policía, porque “diría que no veo esfuerzos decididos en algunos estados, en la gran mayoría, no veo esfuerzos decididos porque estas policías avancen”. “Deben ser problemas quizá de presupuesto, pero el compromiso está y quisiéramos que esto avanzara más rápido”, a lo que detallaba, “quiero dejar en claro que nosotros en cuanto se nos ordene vamos a hacer las actividades para las cuales nos preparamos, para lo cual llegamos a nuestras escuelas, que es para la guerra, para la defensa del país”.

El mensaje es claro y está dirigido a la sociedad, pero sobre todo a los civiles responsables del gobierno. De ellos depende que el Ejército regrese a sus cuarteles. Por las declaraciones de las últimas horas, para Salvador Cienfuegos, el tiempo del retorno a los cuarteles ha llegado. Nuestro “comandante en Jefe” no puedo hacer oídos sordos. Tampoco los representantes políticos, democráticamente elegidos por los ciudadanos. Tienen que tomarse muy en serio el problema de la inseguridad, mejorando ostensiblemente sus servicios de inteligencia y contrainteligencia.

El Estado Derecho debe imponerse en la reconversión necesaria en las policías, fiscalías, juzgados, cárceles…, respetando escrupulosamente los derechos humanos. Paradójicamente los “capos”, entre ellos “El Chapo” Guzmán, hacen referencia a esos derechos universales reconocidos por las Naciones Unidas. Aunque ellos no los apliquen en su devenir narcoterrorista, los ciudadanos exigen, en su mayoría, que se erradique la tortura de nuestras comisarías, “no podemos actuar como el crimen organizado”…

La controversia sobre violaciones de derechos humanos a manos del Ejército se disparó durante la legislatura 2006-2012 de Felipe Calderón, que decidió sacar a los militares a la calle para combatir al crimen organizado. El presidente Enrique Peña Nieto ha dado continuidad a esa medida. Actualmente entre 35 mil y 45 mil soldados patrullan por el espacio público e intervienen contra la delincuencia organizada. Son tiempos de innovaciones empresariales, los organismos encargados de velar por la tranquilidad y seguridad de la población tienen que reciclarse también. El Ejército, a los cuarteles.

Estas declaraciones de Salvador Cienfuegos llegan apenas unos días después del llamamiento realizado por Enrique Peña Nieto a “la unidad de los mexicanos”, ante los retos de la era de Donald Trump. “Nuestra historia nos recuerda que cuando no hemos estado unidos, el país ha sufrido desastres que dejan cicatrices dolorosas”, decía el presidente mexicano en un mensaje a la nación. Ha llegado el momento de la unidad. Apeló a sus ciudadanos a superar sus “diferencias y agravios” para afrontar esa puerta incierta que se llama futuro. En un mensaje con motivo del cuarto aniversario de su llegada al poder, Peña Nieto centró en la unidad (12 veces repitió el concepto) su respuesta ante el enorme y agotador desafío que Donald Trump supone para México e insistió en su intención de establecer una “relación constructiva con Estados Unidos”.

Durante el discurso, de apenas siete minutos, no hizo mención expresa al magnate. Tampoco hacía falta. La llegada del vociferante republicano a la Casa Blanca, ha trastocado todos los planes de México. Sus promesas de construir un muro y estrangular económicamente a su vecino del sur han despertado el recuerdo de las peores crisis. No hay día en que el peso no se tambalee y los analistas ya advierten del riesgo de recesión. Mucho más que un espectro o una pesadilla, el magnate estadounidense es ya una realidad asfixiante para México. Un monstruo que amenaza con devorar años de lenta prosperidad.

Ante este escenario, el presidente se exhibió firme y seguro. Sobre un fondo de banderas estatales, Peña Nieto dirigió a sus ciudadanos un discurso emotivo, que buscó la fibra patriótica, la fuente natural del valor mexicano. “Nuestra historia nos recuerda que cuando no hemos estado unidos, el país ha sufrido desastres que dejan cicatrices dolorosas. La desunión provocó la pérdida de la mitad de nuestro territorio. La desunión condujo a la imposición de un emperador extranjero, ajeno a nuestra vocación republicana. La desunión ocasionó una revolución de años, que causó un millón de muertes y una destrucción que tomó décadas recuperar”, dijo.

Frente a este panorama trágico, Peña Nieto ofreció una mirada optimista al porvenir y se comprometió a defender la dignidad de los mexicanos “donde quiera que residan o se encuentren”, en una clara alusión a los millones de compatriotas que viven y trabajan en Estados Unidos. “Hasta el último día seguiré trabajando al lado de todos ustedes para que cada mexicano pueda construir su propia historia de éxito”, concluyó.

Latinoamérica experimentó en la década pasada uno de los mayores desarrollos económicos de su historia. El desempleo descendió de forma sostenida, 70 millones de ciudadanos salieron de la pobreza y el crecimiento agregado rondó el 5%. Un sueño para cualquier economista. No para un policía. Con la bonanza, la criminalidad también aumentó. Homicidios y robos alcanzaron tasas delirantes. La bienintencionada correlación (menos pobreza-menos delito) encalló. La inseguridad demostró tener una genética más compleja. Detrás del delito latían fuerzas poco estudiadas.

La paradoja, devastadora para las charlas de café centroeuropeas, ha sido analizada con detenimiento por el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD). En un informe referencial se constató que la singularidad se mueve en aguas profundas. Ni siquiera hay una relación estrecha entre ingreso y crimen. Derribados los tópicos, emerge como posible factor causal algo profundamente enraizado en América: las grandes organizaciones criminales, especialmente las dedicadas al narcotráfico. Su capacidad de corrupción, su penetración en los aparatos estatales y su letalidad las convierten en un candidato explicativo de primer orden. Pero nuevamente la inseguridad se escapa a reduccionismos. La solución requerirá tiempo. No hay bala de plata y depende de si los países tienen una tasa alta o baja de criminalidad, pero desde luego la inversión social y reducir la impunidad ayudan. Hay que cuidarse del populismo penal, la mano dura y la tolerancia cero. Quien promete remedios a corto plazo no es creíble. Pero tampoco hay que resignarse: el esfuerzo social colectivo puede lograr resultados drásticos en 5 ó 10 años, según los expertos del PNUD.

Psicópatas inevitables en la historia de la humanidad deambulan también por nuestras calles de Cancún. Cualquiera podemos ser la próxima víctima. Da igual ir en un buen coche o por una calle respetable. La violencia puede llamar a la ventana. Un culatazo, dos ojos enrojecidos y usted tendrá que decidir. Bajar o no bajar el cristal. Es importante concienciarnos que la defensa de la seguridad no es exclusiva del Ejército de Salvador Cienfuegos o de las fuerzas policiales. Es una tarea de todos los ciudadanos.

 

@SantiGurtubay

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