SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY EL BESTIARIO

EL BESTIARIO

¿Arde La Habana? ¿Arde Caracas?

Estados Unidos quiere trasladar sus guerras del Medio Oriente a la Cuenca del Caribe y Latinoamérica…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Es entendible que un sector de latinoamericanos compare lo que está ocurriendo en nuestro continente a lo que ya ‎vivieron en el pasado, como el golpe de estado de 1973 en Chile, de Augusto Pinochet contra Salvador Allende. Pero sería arriesgado para ‎Washington tratar de reproducir el escenario aplicado contra el Palacio de la Moneda de Santiago, hace 46 años. Me atrevería a elevar la calificación a un error, ‎pues todo el mundo conoce hoy los detalles de aquella manipulación. ‎Al mismo tiempo, la revelación de los vínculos de Juan Guaidó, el “otro” presidente venezolano, la “sombra” de Nicolás Maduro, con la National Endowment for ‎Democracy (NED) y con el equipo del estadounidense Gene Sharp hace pensar en una “revolución ‎de color”, y más aun teniendo en cuenta que ya hubo en Venezuela una operación de ese tipo, ‎en 2007, cuando terminó en un fracaso. Pero, una vez más, sería contraproducente para los intereses estadounidenses ‎tratar de aplicar nuevamente un plan que ya fracasó hace 12 años. “Revoluciones de colores” es el nombre colectivo que ha recibido una serie de movilizaciones políticas en el espacio ex soviético llevadas a cabo contra líderes supuestamente “autoritarios” acusados de “prácticas dictatoriales” o de amañar las elecciones o de otras formas de corrupción.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, implicado en un proceso de impeachment sigue apretando a Cuba, con el turismo y la recepción de petróleo. Sin embargo, en su circo mediático, le están creciendo los enanos. Sus presidentes “encargados” no están haciendo las cosas bien: en Perú, Martín Vizcarra, ha decidido clausurar el Congreso; en Ecuador, el mandatario de nombres, sospechosamente alterados, Lenín Boltaire Moreno, ha conseguido liar la manta con una insurrección popular, con enfrentamientos entre policías y militares incluidos, con casi una decena de muertos y centenares de heridos en las calles, al anunciar medidas económicas impopulares como la eliminación del subsidio a los combustibles que entró en vigor la semana pasada; y en Colombia, Álvaro Uribe mantiene su legado de la división en Colombia, la citación del expresidente ante la Corte Suprema, en un proceso penal, no lejano a las ejecuciones extrajudiciales de muchos jóvenes, bajo la acusación de pertenecer a la guerrilla de las FARC, es una foto fija de la polarización social del país del café Valdés y los Cien años de soledad el Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez.

Por si fuera poco, el actual inquilino de la Casa Blanca, puede asistir al regreso de Cristina Elisabet Fernández de Kirchner a la Casa Rosada, en Buenos Aires, Argentina, pues los argentinos han sido convocados a las urnas, el 20 de octubre. En Bolivia hay también elecciones presidenciales, En los próximos días, el 27 de octubre, con un claro favorito, Evo Morales. El socio de Donald Trump, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, protagoniza esta semana, otro escándalo de torturas, junto a su ministro de Justicia, Sergio Moro. Fiscales federales denuncian que los policías enviados para retomar el control de violentas prisiones en Pará abusan sistemáticamente de los presos. La intervención fue una respuesta del Gobierno a la crisis del sistema penitenciario local. El 29 de julio, un conflicto entre bandas criminales provocó una masacre con 58 presos en la cárcel de Altamira. Dos días después, otros cuatro reos murieron dentro de un furgón policial durante un traslado de presos. Desde entonces, son los agentes federales designados por Sergio Moro quienes actúan en el sistema penitenciario del citado estado. “Parece que han hecho una selección de psicópatas y les han dado el derecho de regocijarse de los internos; lo que vemos es la banalización del mal. ¿Que si antes había tortura? Sí, pero era algo puntual, aislado. Tras la intervención federal, es generalizado”, afirmó a los fiscales un funcionario estatal, que declaró con la condición de quedar en el anonimato. Jair Bolsonaro se negó a comentar el caso, destapado por el diario O Globo. Se limitó a decirles a los periodistas lo siguiente: “Solo preguntáis tonterías, tonterías todo el rato”. Los fiscales también se basaron en las declaraciones de representantes del Colegio de Abogados de Brasil, de la Sociedad Paraense de Defensa de los Derechos Humanos y del Mecanismo Nacional de Prevención y Combate a la Tortura -organismo vinculado al Ministerio de la Mujer, de la Familia y de los Derechos Humanos- que visitaron los establecimientos penitenciarios.

Mientras tanto, Luis Leonardo Almagro Lemes abogado, diplomático y político uruguayo y desde el 26 de mayo de 2015, secretario general de la OEA (Organización de Estados Americanos) guarda silencio ante lo que está ocurriendo en el continente. También fue Ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay durante el gobierno de José Mujica y embajador de su país en China durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez. Se ha vuelto monotemático. Solo habla de Venezuela y Cuba o de Cuba y Venezuela. Michael Richard “Mike” Pompeo es un político y empresario norteamericano. Actualmente es el secretario de Estado de los Estados Unidos. En la Cámara de Representantes adquiere la reputación de presentar proyectos de ley favorables a los hermanos Koch, que financiaron sus campañas electorales. En un viaje a Israel se acercó al Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén, el lugar más sagrado del judaísmo, y manifestó que Dios había enviado a Donald Trump para salvar a Israel y al mundo, incluidas Cuba y Venezuela, me imagino. Estos días le tenemos en México a Miguel Barbosa diciendo barrabasadas muy parecidas… El gobernador de Puebla acusó a los difuntos Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle de robarle en las elecciones de 2018: “Me robaron, pero Dios los castigó, muriendo en accidente de su helicóptero”, señaló. ¡Déjenle en paz a Dios y no les mezclen en sus mundanas miserias humanas!

En las “Revoluciones de colores”, promovidas desde Washington, los manifestantes suelen adoptar como símbolo un color específico que da nombre a su movilización. Este fenómeno surgido en Europa Oriental también tuvo posterior repercusión con Vladímir Putin en Rusia. El alcance y significado de estas revoluciones es aún debatido, así como también lo es el papel jugado por actores externos, principalmente de Estados Unidos, como la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Fundación Soros, la USAID o el National Endowment for Democracy. El objetivo de estos movimientos sería propiciar cambios en estos países, tradicionalmente parte de la zona de influencia de la actual Rusia, herencia de la Unión Soviética, para que pasen a formar parte del bloque occidental (formado por los países de la OTAN y aliados), como ha sucedido en algunos de estos casos. Sin embargo, los que apoyan dichos movimientos los presentan como puramente autóctonos o incluso nacionalistas, pero sus detractores los acusan de estar manipulados y maximizan la importancia de los agentes externos. Para entender las intenciones estadounidenses, debemos empezar por conocer su plan de batalla. ‎El 29 de octubre de 2001, o sea mes y medio después de los atentados registrados en ‎Nueva York y el Pentágono, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld creó una estructura ‎llamada Office of Force Transformation (Oficina de Transformación de la Fuerza) cuya misión ‎consistiría en revolucionar las fuerzas armadas estadounidenses, cambiar su mentalidad para que ‎respondiesen a un objetivo radicalmente nuevo tendiente a garantizar la supremacía de ‎Estados Unidos a nivel mundial. Rumsfeld puso esa tarea en manos del almirante Arthur ‎Cebrowski, quien ya había trabajado en la creación de una red digital que abarcaba todas las ‎unidades militares y había participado, en los años 1990, en la elaboración de una doctrina de la ‎guerra en red (Network-centricwarfare).‎ El almirante Cebrowski llegaba con una estrategia ya elaborada que presentó no sólo en el ‎Pentágono sino en casi todas las academias militares estadounidenses. A pesar de su importancia, ‎su trabajo interno en las fuerzas armadas no se conoció hasta que se publicó un artículo en la ‎revista “Vanity Fair”. La argumentación de Cebrowski fue publicada por su asistente, Thomas ‎Barnett. ‎Por supuesto, esos documentos no son obligatoriamente fieles al pensamiento imperante en el ‎Pentágono, pensamiento que ni siquiera tratan de explicar, limitándose a justificarlo.

En todo ‎caso, la idea principal es que Estados Unidos debe tomar el control de los recursos naturales de ‎la mitad del mundo, no para utilizarlos para sí mismo sino para estar en posición de decidir quién ‎podrá utilizarlos. Para lograr ese objetivo, tendrá que destruir en esas regiones cualquier poder ‎político que no sea el de Estados Unidos y acabar con las estructuras mismas de los estados en ‎los países existentes en esas regiones. ‎Oficialmente, nunca se inició la aplicación de esa estrategia. Pero lo que estamos viendo desde ‎hace 20 años coincide precisamente con lo que se describe en el libro de Barnett. ‎Primeramente, en los años 1980 y 1990, tuvo lugar la destrucción de la región africana de los “Grandes Lagos”. Lo que se recuerda de aquello es el episodio del genocidio perpetrado en ‎Ruanda y sus 900 mil muertos, pero el hecho es que toda la región fue devastada por una serie de ‎guerras que arrojaron un total de seis millones de muertos. Resulta sorprendente comprobar que, a ‎‎dos décadas de aquellos hechos, numerosos países de la región aún no logran restaurar su soberanía ‎sobre el conjunto de sus territorios. Ese episodio es anterior a la doctrina Rumsfeld-Cebrowski, ‎así que no sabemos si el Pentágono había previsto lo que allí sucedió o si concibió su plan ‎mientras destruía aquellos estados. ‎Posteriormente, en los años 2000 y 2010, vino la destrucción del “Medio Oriente ampliado”, ya ‎después de la doctrina Rumsfeld-Cebrowski. Por supuesto, es posible creer que lo sucedido en ‎esta otra región fue una sucesión de intervenciones “democráticas”, de guerras civiles y de ‎revoluciones. Pero, además de que las poblaciones implicadas cuestionan la narración dominante ‎de esos acontecimientos, también podemos comprobar en este caso que las estructuras de los ‎estados fueron destruidas y que no ha sido posible restaurar la paz después del fin de las ‎operaciones militares.

Actualmente, el Pentágono está retirándose del “Medio Oriente ‎ampliado” y se prepara para desplegarse en la Cuenca del Caribe y América Latina. Una buena cantidad de elementos demuestran que nuestra comprensión anterior de las guerras de ‎George W. Bush y de Barack Obama era incorrecta y que esos mismos elementos corresponden a ‎la perfección con la doctrina Rumsfeld-Cebrowski. Esta lectura de los hechos no es por tanto ‎resultado de una coincidencia con la tesis de Barnett y nos obliga a revisar bajo otro ángulo todo ‎lo que hemos visto. ‎Si adoptamos esta manera de pensar, tenemos que plantearnos que el proceso de destrucción de ‎la Cuenca del Caribe comenzó con el decreto del presidente Barack Obama, emitido el 9 de marzo ‎de 2015, según el cual Venezuela amenaza la seguridad nacional de los Estados Unidos de ‎América. Puede parecer que eso pasó hace mucho tiempo, pero no es así. Basta recordar que ‎el presidente George W. Bush firmó la Syrian Accountabilit Act en 2003, pero las operaciones ‎militares contra Siria comenzaron ocho años más tarde, en 2011. Era el tiempo que necesitaba ‎Washington para crear las condiciones necesarias para la agresión. ‎Si este análisis es correcto tenemos que plantearnos que los acontecimientos anteriores a 2015 -el golpe de estado de 2002 contra el presidente Hugo Chávez, el intento de “revolución de color” ‎de 2007, la Operación Jericó en febrero de 2015 y las primeras guarimbas‎ (protestas) respondían a una ‎lógica diferente, mientras que lo sucedido después (el terrorismo de las guarimbas, en 2017) ‎es parte del plan actual.

Thierry Meyssan (nacido el 18 de mayo en 1957 en Talence, Gironda) es un periodista y activista político francés, autor de investigaciones sobre la extrema derecha (especialmente sobre la milicia del Frente Nacional, que suscita una investigación parlamentaria y provoca una escisión del partido de extrema derecha), así como por su defensa de la laicidad de la República y sobre la Iglesia católica (el Opus Dei, por ejemplo), entre otras. En 2002 publicó un análisis del golpe de estado contra el presidente Hugo Chávez y ‎relataba el papel de Estados Unidos detrás de Fedecámaras -la organización de los patrones ‎venezolanos-. El presidente Hugo Chávez quiso verificar lo que había escrito y envió dos ‎emisarios a verle en París. Uno de ellos fue promovido a general y el otro es hoy una de las ‎principales personalidades de la República Bolivariana. El fiscal Danilo Anderson utilizó su trabajo ‎en sus investigaciones y fue asesinado por la CIA en 2004… ‎

El anuncio por parte de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, de la puesta en marcha de la investigación previa para el proceso de destitución contra Donald Trump constituye un hecho de extrema importancia en la democracia más poderosa del planeta. Pelosi, que por su cargo es la tercera autoridad del país, ha activado un mecanismo excepcional, respondiendo a los indicios fundados que señalan al actual presidente como autor de hechos incompatibles con la dignidad de su cargo. Y pese a las innegables connotaciones políticas que pueda tener, el proceso debe ser interpretado como lo que es: la contundente respuesta institucional de una democracia ante un mandatario que posiblemente ha incumplido su juramento de respetar las reglas del juego. Si no respeta las leyes de su propio país, no es descabellado afirmar que Donald Trump se pasa por el forro las relaciones internacionales y si ve peligrar su reelección va utilizar temas electoralistas muy sensibles en Miami como son el castrismo y el chavismo, para lograr el apoyo del decisivo Estado de Florida. La gota que ha hecho rebosar el vaso de la paciencia y llevado al Partido Demócrata a dar un paso al que solo se ha recurrido en tres ocasiones anteriores en los más de 200 años de democracia estadounidense ha sido una conversación telefónica mantenida el pasado mes de julio por Trump con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. En ella, el mandatario estadounidense animaba a investigar al hijo del exvicepresidente demócrata Joe Biden. El fin de esta iniciativa era, según los demócratas, dañar la campaña de uno de sus posibles candidatos a las elecciones presidenciales de 2020.

El miércoles pasado, la Casa Blanca hizo pública la transcripción de la conversación. El texto deja poco espacio para las explicaciones exculpatorias. Trump insiste a Zelenski en investigar al hijo de su rival. Todo precedido por un “quiero pedirle un favor”. El presidente implica en la operación a otra institución: la Fiscalía General de EU. El final de la conversación es más propio de un guión de cine que de una llamada de un presidente de EU: “Vuestra economía va a ir mejor de lo que yo predije”. En realidad, el comportamiento de Trump en este asunto no debería sorprender a nadie. Desde que juró su cargo enero de 2017 -y antes, durante su campaña electoral-, el millonario neoyorquino ha dado repetidas muestras de su desconocimiento de las instituciones a las que por mandato popular está obligado a servir y respetar. Empezando por su propio Gobierno, convertido en un carrusel donde sus colaboradores son admitidos y despedidos a golpe de Twitter. Además, ha desautorizado y comprometido muchas veces a sus servicios de inteligencia y seguridad, su administración sufrió el cierre más largo de su historia y ningunea con frecuencia al propio Congreso, ignorando que tiene exactamente la misma legitimación popular -el voto universal y libre de los estadounidenses- para cumplir sus funciones. Y el proceso impulsado por el Partido Demócrata responde precisamente a este mandato. El inicio del impeachment es una mala noticia, pero el responsable único es Donald Trump. En un momento de gran incertidumbre mundial -provocada en gran medida por la actitud errática del propio interesado-, una presidencia de EU cuestionada jurídicamente no es la mejor de las ayudas. Por eso el mensaje y la decisión final deben ser claros. Una democracia se basa en el respeto a las instituciones que presentan al pueblo. La presidencia de Estados Unidos, una de las grandes democracias del mundo, no es un negocio privado de nadie.

“¿Arde París?” es una novela histórica de Larry Collins y Dominique Lapierre publicada en 1964. Describe los días de agosto de 1944 y, muy detalladamente, las horas que precedieron a la Liberación de París por parte de las Fuerzas Aliadas, las Fuerzas Francesas Libres y los movimientos de Resistencia interior, adheridos estos últimos en su mayoría al Partido Comunista Francés durante la Segunda Guerra Mundial. La obra debe su título a la pregunta hecha por Hitler a sus generales reunidos en el Gran Cuartel General de Rastenburg, Prusia Oriental, el 25 de agosto de 1944, momento en el que este se negaba de manera obstinada a perder París luego de cuatro años de ocupación. Sin embargo, la situación se había vuelto crítica: a falta de unidades para retener la ciudad, el general Dietrich von Choltitz había recibido la orden personalmente de Hitler, de resistir hasta el último hombre, y de destruir París por medio de cargas explosivas localizadas en los más importantes monumentos de la ciudad, así como arrasar con aquellos barrios donde los ejércitos alemanes encontraran resistencia y apoyo a las tropas de liberación.

Esta obra se caracteriza por mostrar desde diferentes puntos de vista el conflicto: el de los habitantes de París, los soldados de Leclerc, el de Eisenhower, el de Hitler y de manera particular el del general Von Choltitz. Para ello, los autores entrevistaron a docenas de testigos y protagonistas de los hechos. Es además, rica en detalles que parecen triviales, pero que en su conjunto van retratando la atmósfera que vivía París, sus habitantes y ocupantes en los días previos a la liberación. La importancia del papel del general Von Choltitz, gobernador alemán de París, quien se negó a obedecer la orden de Hitler de destruir la ciudad, es reconocida actualmente por los parisinos de una manera muy curiosa, pues en la grabación que se escucha en el autobús turístico que recorre los distintos monumentos de la ciudad, se menciona que dichos monumentos siguen ahí gracias a Von Choltitz. Fue llevada al cine en 1966 por René Clément. Ese espíritu de Von Choltitz debe impregnar el despacho Oval de la Casa Blanca.

@BestiarioCancun

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