SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY EL BESTIARIO

Donald Trump quiere comprar Groenlandia

“Otra locura del presidente estadounidense” para  los ciudadanos de Dinamarca; el actor español Javier Bardem, mientras tanto, exige en la ONU un Tratado Global de los Océanos…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

“Los océanos nos necesitan” es el título del discurso que pronunciará Javier Bardem en la ciudad natal del empresario inmobiliario y presidente de los Estados Unidos y sede de la ONU. “El Tratado Global de los Océanos es fundamental para la vida marina, el planeta en su conjunto y las generaciones futuras. Quienes lo negocian no deben equivocarse”, recalcó el actor. Mientras adelantaba sus palabras de su ponencia, en “El País”, periódico de Madrid, España, compartía portada con una nueva “boutade”, salida de tono, que pretende ser ingeniosa, aunque no lo consiga. “Comprar Groenlandia, la última ocurrencia de Trump. Los recursos naturales de la isla, región autónoma perteneciente a Dinamarca, han atraído la atención del presidente estadounidense, según The Wall Street Journal”. Como si se tratase de la musa de Bernardo Bonezzi en su mítico himno de la movida madrileña, cabe la posibilidad de que en el futuro haya que buscar a Donald Trump en Groenlandia. El presidente ha expresado repetidamente a su equipo, con “variados grados de seriedad”, su interés en que Estados Unidos compre el territorio autónomo perteneciente al reino de Dinamarca. Oriundo de otra isla, la de Manhattan, el presidente que alardeó durante su campaña de su buen ojo para las inversiones inmobiliarias, buscaría así ampliar los dominios de su país a otra isla, la más grande del mundo. Un vastísimo territorio entre los océanos Ártico y Atlántico, mayoritariamente cubierto de hielo y con una población de apenas 56 mil habitantes, pero rico en recursos naturales y con un nada desdeñable valor geoestratégico.

Trump habría mostrado por primera vez su interés en comprar Groenlandia, según The New York Times, en una reunión en el Despacho Oval, en la primavera del año pasado. La idea la habría vuelto a plantear repetidas veces desde entonces, inquiriendo a sus asistentes sobre la posibilidad legal de realizar la compra. Estos, según el “Times”, habrían evitado trasladar su escepticismo al jefe y, en cambio, acordaron investigar la viabilidad de la operación. Resulta que la idea de Trump no es totalmente insólita desde una perspectiva histórica, ni siquiera enteramente descabellada en términos legales. Existen precedentes de compraventa de territorios en la historia del país: en 1803 Estados Unidos compró Luisiana a Francia por 15 millones de dólares y, 84 años después, compró Alaska a Rusia por 7,2 millones. Hay incluso una relación comercial previa, y no tan pretérita, con el potencial vendedor: ya en el siglo XX, el 17 de enero de 1917, Estados Unidos compró a Dinamarca el territorio de las Indias Occidentales por 25 millones de dólares, convirtiéndolo en lo que hoy son las islas Vírgenes estadounidenses. Y Trump no es el primer presidente que pone sus ojos en Groenlandia, ni el que más lejos ha llegado: Harry S. Truman llegó a ofrecer a Dinamarca 100 millones de dólares por la isla en 1946. Pero el mercado de territorios soberanos no parece atravesar en la actualidad tiempos boyantes. Expertos en Derecho Internacional califican de “anacronismo” la posibilidad de que un Estado pueda comprar territorios de otro. Sí es posible, según las mismas fuentes, “que dos Estados concierten un tratado internacional que contemple la cesión de territorio de uno a otro”, a cambio o no de contrapartidas, “siempre que sea acorde con sus respectivos marcos constitucionales”. Pero es aquí donde puede estar el obstáculo, agregan, “ya que la mayoría de los Estados tienen constitucionalmente blindada su integridad territorial”.

No existe, según los mismos expertos, un derecho de autodeterminación de Groenlandia, que no está inscrita en la ONU como territorio pendiente de descolonización, pero sí es muy probable que dado el amplio régimen de autonomía de que disfruta la isla, que no forma parte de la UE al contrario que el resto de Dinamarca, la opinión de sus habitantes debiera ser tenida en cuenta. En definitiva, el principal obstáculo para una transacción de ese tipo se encuentra en el derecho interno de los países, ya que ningún tratado internacional lo prohíbe. Las autoridades de Groenlandia no se han mostrado demasiado entusiastas con la idea. “Groenlandia es rica en valiosos recursos como minerales, el agua y el hielo más puros, bancos de pesca, marisco, energías renovables, y es una nueva frontera para el turismo de aventura. Estamos abiertos a los negocios, pero no estamos a la venta”, ha tuiteado el ministerio de Exteriores, aprovechando sus warholianos 15 minutos de gloria para no vender su isla pero sí su producto. En la misma línea se ha pronunciado el primer ministro, Kim Kielsen: “Groenlandia no está a la venta, pero sí abierta al comercio y la cooperación con otros países, incluido Estados Unidos”. Entre los políticos daneses, el interés de Trump ha sido recibido con sorna. “Debe de ser una broma del 1 de abril -Día de los Inocentes en numerosos países- completamente fuera de temporada”, ha dicho en Twitter el ex primer ministro danés y actual líder de la oposición, el liberal Lars Løkke Rasmussen. Søren Espersen, portavoz en Asuntos Exteriores del Partido Popular Danés, tercera fuerza parlamentaria, también ha hecho chanza de la idea. “Si es cierto que está pensando en eso, es una muestra definitiva de que se ha vuelto loco. Tengo que decirlo como es: la idea de que Dinamarca venda 50.000 ciudadanos a Estados Unidos es una completa locura”, ha dicho.

Existen argumentos de peso por los que al 45º presidente le puede interesar adquirir Groenlandia. Por un lado, están esos abundantes recursos naturales de los que hablaba el ministerio groenlandés. Aunque un 60% de su presupuesto se financia con subsidios de Dinamarca, el salvaje territorio es rico en carbón, cinc, cobre y mineral de hierro. Pero, sobre todo, tendría un indudable atractivo para los intereses de la seguridad nacional estadounidense. Su posición equidistante entre importantes núcleos de población estadounidenses y soviéticos convirtió a Groenlandia en un codiciado activo inmobiliario para los estrategas del Pentágono durante la Guerra Fría. Por eso en 1946 se trató de comprar la isla. Tras presentar la oferta en una reunión en Nueva York, el secretario de Estado James Byrnes escribió en un telegrama, en un alarde de diplomacia, que esta fue “recibida como una conmoción” por su contraparte danesa. Cinco años más tarde, ambos países firmaron un tratado que permitía al Pentágono construir en la isla una base aérea, su instalación militar más septentrional. Concluida la Guerra Fría, hoy Groenlandia es escenario también de las luchas de poder entre EE UU y China, que lleva años tratando de meter un pie en el territorio a golpe de talonario. El Pentágono, informa The Wall Street Journal, logró impedir el año pasado que China financiara tres aeropuertos en la isla. El pasado mes de mayo, la escalada de la crisis con Irán obligó al secretario de Estado, Mike Pompeo, a cancelar la visita que tenía previsto realizar a Groenlandia al regreso de un viaje por Europa. “Nos preocupan las actividades de otras naciones, incluida China, que no comparten nuestros mismos compromisos”, declaró entonces un alto cargo del Departamento de Estado.

La isla, por último, tiene un importante valor científico, en el estudio de los efectos del cambio climático. Las amenazas a sus glaciares y las subidas del nivel del mar convierten a Groenlandia, según un experto citado por The Washington Post, en “un canario en una mina de carbón”. Pero, como ha demostrado reiteradamente, no es esta la prioridad política del presidente Trump. El presidente tendrá oportunidad de hablar de estas y otras cosas en su primera visita a Dinamarca, programada para principios de septiembre. Está previsto que le reciban la primera ministra, Mette Frederiksen, así como los líderes de Groenlandia y las islas Feroe. También la reina Margarita II, quien, al menos de momento, es la única jefa de Estado de los groenlandeses.

Los científicos coinciden en que, aunque la imagen es sorprendente, no es inesperada. Pero, aun así, la fotografía, tomada el 13 de junio por Steffen M. Olsen, ha dado la vuelta al mundo. En ella se observan varios perros tirando de un trineo en el fiordo de Inglefield Bredning, situado al noroeste de Groenlandia, y se ve cómo los animales están caminando sobre el hielo derretido. Pese a que el verano está muy próximo, en esta zona de la Tierra las temperaturas máximas en junio son de 3,2 grados centígrados según Andrés Barbosa, investigador del CSIC y director de campañas en el Ártico; la semana pasada la estación meteorológica más cercana al aeropuerto de Qaanaaq, al noroeste de Groenlandia, registró un máximo de 17,3 º C el miércoles 12 de junio y 15 º C el día siguiente. El científico que tomó la fotografía ha revelado que los cazadores y pescadores locales se sorprendieron al encontrar tanta agua encima del hielo, especialmente al principio de la temporada.  La imagen se ha convertido en viral. ‘Groenlandia’ ha sido trending topic en Twitter, y hasta el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, ha compartido la fotografía junto con un texto que reza: “Esta imagen de Groenlandia coloca ante nuestros ojos la emergencia a la que nos enfrentamos. Gobiernos y sociedad debemos trabajar unidos para frenar las consecuencias de la crisis climática. Lograrlo está en nuestra mano. No podemos dar ni un paso atrás”.

Los investigadores coinciden en que lo alarmante no es el aumento puntual de las temperaturas sino la tendencia al alza que llevan observando desde hace años. Este incremento está suponiendo que el 63% de los glaciares de Groenlandia estén en retroceso y que haya habido una pérdida del 30% del hielo marino. Una de las consecuencias del derretimiento temprano es la alteración del equilibrio entre temperatura y salinidad del agua marina por el aporte de agua dulce de los glaciares que puede afectar a las corrientes marinas. El incremento del nivel del mar y el aumento del deshielo, al reducirse la capa de hielo que refleja el sol y por tanto produce un aumento de la radiación solar, son otros efectos… Aunque el deshielo marino no contribuye al aumento del nivel del mar inmediatamente, sí lo hace a largo plazo. Según su modelo de simulaciones climáticas, esperan que se derrita el hielo marino, con consecuencias para las poblaciones locales y los ecosistemas del Ártico. También es probable que en el futuro haya una cantidad cada vez mayor de agua que contribuya a la elevación del nivel del mar desde Groenlandia”.

Bernardo Silvano Bonezzi Nahón, conocido artísticamente como Bernardo Bonezzi, (Madrid, 6 de julio de 1964 – 30 de agosto de 2012)​ fue un compositor y músico español. Conocido por su liderazgo e influencia en la denominada ‘Movida Madrileña’, gracias a grupos como Zombies y canciones como ‘Groenlandia’, desarrolló posteriormente una extensa trayectoria como compositor de bandas sonoras para cine y televisión.​ Hijo de un italiano y una brasileña, Bernardo Bonezzi es un claro ejemplo de precocidad en el panorama musical español, hasta el punto de haber sido considerado como “el Mozart de la movida madrileña”. A los seis años comenzó a tocar la guitarra, y a los ocho escuchaba discos de Roxy Music, Marc Bolan y David Bowie. Empezó a componer melodías a los diez años y en 1978, cuando contaba con trece años, fundó Zombies, grupo de la movida madrileña. Su primer sencillo fue ‘Groenlandia’, uno de los temas más populares de esa época. Grabaron dos discos: ‘Extraños juegos’ (1980) y ‘La Muralla China’ (1981). Compuso más de cuarenta bandas sonoras, alcanzando un gran reconocimiento entre los profesionales del medio y ganó un premio Goya por su trabajo en ‘Nadie hablará de nosotras’ cuando hayamos muerto en 1996. Ha estado nominado en tres ocasiones más por las bandas sonoras de ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ en 1989, ‘Todo por la pasta’ en 1992 y ‘Sin noticias de Dios’ en 2002. El 30 de agosto de 2012 Bonezzi fue encontrado muerto en su piso madrileño tras haber cometido suicidio. “Todas las secuencias han llegado a su conclusión, el tiempo no puede esperar. Atravesaré el mundo y volando llegaré hasta el espacio exterior. Y yo te buscaré en Groenlandia, en Perú, en el Tibet, en Japón, en la isla de Pascua. Y yo te buscaré en las selvas de Borneo, en los cráteres de Marte, en los anillos de Saturno. Cruzando amplios mares, escalando altas montañas, descendiendo los glaciares. A través de desiertos, las junglas y los bosques quizás te encuentre alguna vez. Y yo te buscaré en Groenlandia…”, cantaban los integrantes de Zombies y Bernardo Bonezzi.

Este 15 de agosto se cumplieron 50 años de Woodstock: Janis Joplin, The Band, Jimi Hendrix… Medio millón de jóvenes estadounidenses escuchando la nueva música, un concierto aupado ya desde el primer momento a la categoría de símbolo de la era liberadora que por fin estaba a punto de llegar. Unos días antes, el 20 de julio, la humanidad contemplaba al primer hombre dando saltos por la Luna. Otro símbolo que tampoco ha dejado de crecer durante todo este medio siglo. De esto dan fe los recientes especiales periodísticos, los documentales y las referencias a una cosa y de otra, a esos años acabados en alto. A lo mejor tocamos la cima ahí. A lo mejor no hemos llegado más lejos. Toda década pasada fue mejor. Y en especial esa de los años sesenta. Los optimistas jóvenes de 18 años que en el barrizal de Woodstock oían a Joan Baez colgados de marihuana pensaban -con razón o sin ella- que se podía y se debía cambiar el mundo. Y en eso sí que hemos perdido. Porque los realistas jóvenes de ahora lo que piden es que este mundo crecientemente recalentado no cambie más. Que se quede como está, que no se autodestruya con más grados cada verano. Es una triste pero decisiva lucha a la defensiva.

La capacidad de sorpresa de la diplomacia del presidente rubio zanahoria de Estados Unidos parece no conocer límites. Este martes, a última hora de la tarde, Donald Trump suspendió, vía Twitter, un viaje oficial a Dinamarca porque su primera ministra no está dispuesta a debatir sobre si le vende o no Groenlandia a Estados Unidos. “Dinamarca es un país muy especial con gente increíble, pero en base a los comentarios de la primera ministra Mette Frederiksen, de que no tendría ningún interés en debatir sobre la compra de Groenlandia, pospondré nuestra reunión prevista para dentro de dos semanas para otro momento. La primera ministra ha sido capaz de ahorrar una buena cantidad de gasto y esfuerzo tanto para Estados Unidos como para Dinamarca siendo tan directa. ¡Le doy las gracias por ello y espero poder volver a agendar la cita en algún momento futuro!”, ha dicho el presidente, en un hilo de tuits. Genio y figura hasta la sepultura.

@BestiarioCancun

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