Tus heridas de infancia y la ira

Quizá pasaste una semana intensa, un poco ajetreada y con un poco de tensión. Precisamente es lo que quiero tratar contigo como tema de esta semana: se trata de la rabia.

 

A nivel personal, debemos recordar que la ira es fuego. A veces nos enfadamos para defendernos, o como un una manera de establecer límites si no nos gusta cómo alguien nos trata. Pero cuando se trata de una cólera interior que comienza a aflorar en nosotros, lo que a menudo sucede es que está cambiando nuestra manera de estar en el mundo y de relacionarnos con él. Si queremos llamarlo así, podríamos verlo como el combustible que nos ayuda a manifestar una nueva forma de ser, una nueva actitud, un nuevo “yo” que está a punto de nacer, en definitiva.

He aquí algunas comprobaciones que podemos hacer, de cara a comprender mejor el origen de nuestra sensación de rabia:

¿Estamos estresados o irritados porque estamos demasiado ocupados y no nos tomamos el tiempo que necesitamos para nosotros mismos?¿Quizás es necesario que pongamos ciertos límites claros en nuestras vidas?

Sé que muchos están también atravesando cambios personales en diferentes facetas de sus vidas. En ese caso, quizá estemos sintiendo la inquietud y la incertidumbre del cambio. Normalmente, no nos gusta la sensación de no saber lo que nos espera, así que esa inquietud también podría ser otra de las causas de su enfado.

Si tendemos a plegarnos excesivamente ante los deseos de los demás o a anularnos a nosotros mismos, es posible que, después de años de represión, ahora surja la ira. Con el incremento de energía del corazón y de energía de comunicación que estamos experimentando, también es posible que surjan cuestiones inconclusas del pasado respecto a la comunicación y el corazón. Por consiguiente, la rabia será parte no sólo del momento presente, sino que también emergerá para ayudar a limpiar y despejar el pasado.

 

Las heridas de la infancia

Las carencias afectivas que vivimos de chiquitos, abrirán unas heridas que nos van a condicionar como actuamos luego de adultos: como nos relacionamos, como reaccionamos ante ciertas situaciones, cómo resolvemos, como controlamos…

A continuación veremos las heridas emocionales o experiencias dolorosas que desde la infancia irán construyendo nuestra personalidad, según el libro “Las cinco heridas que impiden ser uno mismo”, de  Lise Bourbeau.

Cuando el bebé nace y  no se le da la atención y el afecto que necesita, y eso empieza con dejarlo en un kínder a los 3 meses, o cuando la madre está pasando por una depresión post-parto y no puede atender correctamente al hijo, por ejemplo, entonces se graba una herida que se irá repitiendo a lo largo de toda su vida.

Cuando se abre esta herida, el niño va a compensar esa situación con una máscara, una respuesta a esa carencia. Cada una de las siguientes heridas tiene su propia máscara:

  1. El rechazo. El miedo al rechazo es una de las heridas emocionales más profundas, porque siente que no tiene derecho a vivir. Implica una desconexión de nuestro interior: nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestros sentimientos.

Esta herida suele aparecer antes de nacer, en el vientre; cuando la madre no quiere ese niño en ese momento (es el momento “predictor”).En general es el rechazo de alguno de los padres y/o de la familia. Genera pensamientos de rechazo, de no ser deseado y de descalificación hacia uno mismo. Puede ser también que llegue con un sexo contrario al que se espera. O rechazo porque es de piel más oscura o con alguna anomalía física. Es probable que, si hemos  sufrido esto en nuestra infancia, seamos personas huidizas. Por lo que debemos de trabajar nuestros temores, nuestros miedos internos y esas situaciones que nos generan pánico.

  1. El abandono. Abandonar a alguien es separarlo de mamá, casi siempre o de papá, también, en los primeros años de vida. El abandonado se abandona a si mismo. Es un vacío de soledad. El abandono genera dificultad en la comunicación. La persona con abandono suele sentirse, también, rechazado.

3- La humillación. Se abre esta herida cuando se nos desaprueba, se nos rebaja, se nos critica; cuando se nos hiere en el amor propio o en nuestra dignidad. Los padres o hermano mayores desvalorizan a sus niños o hermanos,  diciéndoles que son torpes, malos o unos pesados, así como aireando sus problemas ante los demás; esto destruye la autoestima infantil.  En la escuela la herida se repetirá en la forma de “bulling”. La humillación genera una máscara de masoquista: encontrar placer sufriendo. La persona con herida de humillación tenderá a ser obeso. En desprogramación decimos que el obeso ha puesto un escudo al ataque que ha recibido: la grasa.

4- La traición o el miedo a confiar. Surge cuando el niño se ha sentido traicionado por el progenitor del sexo opuesto, sobre todo entre los dos y los cuatro año de edad; por lo tanto relacionado con una represión del Edipo: amor al progenitor de sexo opuesto. Lo cual afectará más adelante sus relaciones sexuales y afectivas; tendencia a comparar a la pareja con el progenitor. Esto abre una desconfianza que se puede transformar en envidia y otros sentimientos negativos, por no sentirse merecedor de lo prometido y de lo que otros tienen.

Haber padecido una traición en la infancia construye personas controladoras y que quieren tenerlo todo atado y reatado. El controlador tiene una personalidad fuerte e impone su voluntad, sobre los demás.

5- La injusticia. Es el incumplimiento de los derechos y mérito de cada uno. No sentirnos apreciados o respetados por nuestro justo valor. Padres fríos y demasiado autoritarios, se generan sentimientos de ineficacia y de inutilidad, tanto en la niñez como en la edad adulta. El niño no puede integrar bien su individualidad (3-5 años) ni ser completamente él mismo.

Las consecuencias directas de la injusticia en la conducta de quien lo padece será la rigidez, pues estas personas intentan ser muy importantes y adquirir un gran poder. Además, es probable se haya creado un fanatismo por el orden y el perfeccionismo. Son personas sensibles que han puesto una coraza, para no sentir.

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