“Ver a un padre cargar a su propio bebé muerto es algo que nunca olvidaré”

CIUDAD DE MÉXICO — Gustavo López reconoció primero la ropa.

Su cuerpo pequeño, sacado de en medio de la destrucción, fue colocado sobre los fragmentos de lo que permanece en pie de la escuela. Se trataba de su hijo de 7 años.

Durante horas estuvo sentado, en shock, tratando silenciosamente de mantener las fuerzas para su hija de 9 años, quien había escapado ilesa de la escuela. Pensaba en cómo decirle que su hermano menor, llamado Gustavo como él, había muerto: era uno de por lo menos 30 niños que fallecieron en el Colegio Enrique Rébsamen tras su colapso debido al terremoto que sacudió México el martes y provocó más de 200 muertes.

López esperó allí hasta que llegó su primo, Mauricio, quien adoraba al niño y a menudo lo llevaba al cine y a andar en bicicleta. Cuando Mauricio llegó al lugar, varias horas después, cientos de médicos, rescatistas, voluntarios y familiares corrían por todos lados para intentar sacar a los estudiantes que todavía se encontraban bajo los escombros.

“Él también era mi hijo”, gritó Mauricio al escuchar las noticias, y se desplomó en el suelo mientras López trataba de consolarlo. “No puedo aguantar esto, no puedo”.

Los gritos de angustia que se elevaron sobre la escuela durante la noche hablaban del dolor de la pérdida en la multitud caótica. Padres de familia se treparon a los árboles y a los juegos del patio de la escuela para tener una mejor vista de las tareas de rescate, mientras se aferraban a la esperanza de que sus hijos emergieran ilesos.

Muchos lo lograron: fueron sacados a prisa antes de que los muros se cayeran y los atraparan. Algunos transeúntes también corrieron de inmediato a la escuela tras el sismo para sacar a los estudiantes a través de los agujeros y las aberturas de la estructura desplomada.

Pero a medida que transcurrían el día y la noche, la mayoría de los cuerpos recuperados eran de personas fallecidas y sus nombres eran registrados por un ejército de voluntarios que mantenían una lista de los muertos. Para la mañana del miércoles, 30 estudiantes seguían desaparecidos y los funcionarios tenían pocas esperanzas de que más niños fueran encontrados con vida.

“Ver a un padre cargar a su propio bebé muerto es algo que nunca olvidaré”, dijo Elena Villaseñor, una voluntaria cuyo hogar quedó severamente dañado. Ella sostenía un fajo de papeles con nombres de niños en ellos, escritos con letras suficientemente grandes para que los padres de familia pudieran verlos a la distancia.

Su hija estaba a salvo, dijo, se encontraba en otra escuela que no colapsó. Pero no podía quedarse sentada mientras otros sufrían, así que corrió a esa escuela para ayudar como fuera posible.

Un edificio derrumbado en la colonia Roma Norte, en Ciudad de MéxicoCreditRebecca Blackwell/Associated Press

Tal vez en ningún lugar se concentró más el sufrimiento que en el Colegio Enrique Rébsamen. El olor a gas, sudor y tierra saturaban el aire de la noche a medida que la gente gritaba mensajes a través de los megáfonos. Al principio, las torretas de las patrullas y los vehículos de emergencia iluminaban el rescate. Después, un generador fue llevado al lugar para dar energía a los reflectores.

De los 400 estudiantes que asisten a la escuela, se desconoce exactamente cuántos estaban ahí el martes por la tarde cuando se registró el sismo y lograron salir ilesos del edificio. Los heridos, más de 60, fueron enviados a hospitales cercanos mientras los padres alejaban a otros del peligro.

Por lo menos tres padres en el lugar se comunicaron con sus hijos atrapados en el interior del edificio. Lograron contactarlos a través de WhatsApp y le suplicaron a los menores que les dieran detalles: por ejemplo, qué tan lejos estaban de la puerta principal cuando el edificio se derrumbó, para ayudar a las tareas de búsqueda.

Uno de los muchos voluntarios, sentado en un escritorio improvisado, ayudó a realizar una lista de los heridos y los fallecidos, que incluían a por lo menos cuatro adultos. Los residentes portaban chalecos rojos y formaron cadenas humanas para retirar los escombros del edificio derrumbado. En la periferia del sitio había pilas gigantes de agua, medicina, cobijas y hasta fórmula infantil, que habían sido llevados por vecinos que los donaron a manos llenas.

La solidaridad tras el sismo era una escena repetida en los lugares donde hay construcciones derrumbadas en México; es una silenciosa pero firme decisión de ayudar. Personas desconocidas pasan horas retirando escombros, médicos y trabajadores de la construcción se adentran en las entrañas de edificios caídos, estudiantes y hasta niños llevan agua y comida.

En la escuela, la actividad continuó toda la noche y hasta las primeras horas de la mañana. Algunos gritaban para pedir medicamentos: “Necesitamos Clonazepam, insulina, anestésicos, antihistamínicos y tanques de oxígeno”. Los trabajadores portaban cascos y cubrebocas. Las máquinas excavadoras entraban y salían del lugar del desastre.

Todos encontraron una tarea para realizar, pasar agua, café o medicinas a quienes los necesitaban. Los voluntarios solicitaban botellas para alimentar a los niños todavía atrapados en el lugar.

Rescatistas durante la noche del martes CreditCarlos Jasso/Reuters

Se pronunciaba un nombre.

“¡Sara Ledesma! ¿Dónde están sus padres?”, gritó un paramédico. Cuando nadie apareció, la multitud repitió su nombre en un coro sombrío.

Pero sus padres seguían sin poder ser localizados.

En medio de la confusión de la operación de rescate, la comunicación cruzada de cientos de personas bienintencionadas a veces causaba errores de comunicación sobre cuáles niños habían sobrevivido.

Tras horas moviendo escombros, Florentino Rodriguez García recibió un repentino rayo de esperanza: su nieto de 9 años, José Eduardo Huerta Rodríguez, supuestamente se encontraba bien.

Un médico le dijo que el niño había sido llevado al hospital para que atendieran sus heridas. Sin embargo, tras horas de búsqueda, Rodríguez no podía encontrar rastros del menor.

Regresó a la escuela y una enfermera se le acercó. Lo tomó de la mano. Le dijo que el médico se había equivocado. Su nieto José, le explicó ella, todavía estaba atrapado en el interior.

“Por favor, no me diga eso”, gritó Rodríguez, abrumado por la angustia. “¡Me dijeron que ya lo habían sacado! ¡Esto no puede ser cierto!”

“Celebramos su cumpleaños el domingo pasado”, le dijo el hombre a la enfermera, quien escuchó atentamente. “¡Él es un niño tan inteligente!”.

Se volvió a mezclar entre la multitud de padres angustiados reunidos afuera de la escuela. Y esperó.

Una hora después, un brazo se levantó, seguido de otros. Silencio.

“José Eduardo Huerta Rodríguez”, comenzó a corear la multitud.

El niño había sido rescatado, dijo un rescatista. Estaba vivo.

Pero poco tiempo después un familiar envió un correo electrónico para aclarar que, entre el caos, el rescatista había cometido un error. Jose Eduardo, dijo, murió antes de ser rescatado.

(NY Times)

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